¿Qué planeamos hoy?
📍Destino 1 — El muro también se convierte en prisión
Durante mucho tiempo pensé que resistir era eso:
endurecerse.
Levantar barreras.
Aprender a sobrevivir sin necesitar demasiado de nadie.
Convertirme en alguien funcional incluso mientras por dentro todo ardía.
Pero sostener constantemente el muro también agota.
Porque llega un punto en el que el muro deja de ser refugio y se convierte en prisión.
Estos últimos años han sido una batalla cruel.
Y sí, sé que desde fuera habrá quien piense que fueron años increíbles, incluso maravillosos.
Pero el infierno psicológico rara vez coincide con la fotografía externa.
Puedes seguir funcionando mientras internamente todo se precipita hacia el colapso.
Y eso fue exactamente lo que ocurrió.
Todo se fue a la auténtica mierda.
Pasé de sentirme en la cima a caer en picado.
Sin cuerda.
Sin rapelar.
Pura caída libre.
Como tirarte desde un octavo sin saber si abajo hay colchón, ambulancia o directamente un señor tocando el violín mientras te estampas contra el suelo.
Surrealismo emocional premium.
Pero la verdadera caída no fue externa.
Lo verdaderamente devastador fue empezar a desmontarme por dentro.
Mis traumas.
Mis neuras.
Mis sueños.
Mi necesidad enfermiza de entender quién coño soy realmente y cuánto de mí había sido construido desde etiquetas ajenas.
Porque durante demasiado tiempo me dejé convencer por personas incapaces de mirar hacia sí mismas.
Y cuando empecé a cuestionarlo todo, todo tembló.
Pensaba que estaba involucionando.
Pensaba que llevaba dos años sin avanzar.
Y fue precisamente pensando eso cuando entendí algo mucho más cruel:
mi nivel de autoexigencia era tan absurdamente alto que ni siquiera era capaz de darme a mí misma un aplauso.
Un aplauso por haber encontrado sola un nuevo hogar para mis hijos.
Por no haber dejado de trabajar ni un solo minuto mientras todo alrededor se derrumbaba.
Mudanzas.
Papeleo.
Perder estabilidad.
Empezar desde abajo otra vez.
Y aun así seguir.
Sola.
Piso vendido.
Piso comprado.
Coche pagado.
Nevera llena.
Un hogar propio.
Y aun así nunca me detuve a reconocerlo.
Corriendo constantemente como un pollo sin cabeza intentando llegar a todo mientras el cuerpo ya no podía más.
Y entonces llegó el accidente.
Porque ya sabemos que cuando una no para, la vida te aparca ella sola.
A hostias si hace falta.
Y quizá lo más duro de tocar fondo no es caer.
Es descubrir lo muchísimo que cuesta resurgir después.
Porque han sido dos años de una batalla larguísima donde jamás parecía vislumbrarse el final.
Y ahora que el final por fin ha llegado…
solo queda silencio.
Silencio y cansancio.
📍Destino 2 — El antifaz se cayó y empezó el Armagedón
Parece mentira que cuanto más vulnerable me he mostrado, cuanto más auténtica y desnuda he sido, más huidizas se han vuelto todas aquellas estructuras que daba por hechas.
Esos cimientos que creía sólidos.
Y tuvo que ser precisamente el desequilibrio el que llegara para barrerlos todos de un golpe y mandarlos, sin ceremonia alguna, directamente a tomar por culo.
Porque cuanto más auténtica quieres ser, cuanto más vulnerable decides mostrarte, más estrecho se va haciendo el camino.
Un camino que empezabas acompañada y acabas atravesando sola en muchos tramos.
Y ahí entendí otra cosa:
no creo que haya nacido para encontrarme.
Nací para luchar.
Y fue precisamente cuando decidí poner límites cuando todo se volvió silencio.
Las sombras de las personas empezaron a desvanecerse.
Y ahí entendí algo todavía más doloroso:
mucha gente solo sabe permanecer mientras sigues sacrificándote por ellas.
Cuando dejas de salvar, sostener y ceder constantemente, ciertas presencias simplemente se evaporan.
Como humo.
Como si nunca hubieran estado realmente ahí.
Más falsas que un billete de tres euros con la cara de Paquirrín.
Y quizá ahí llegó una de las hostias más silenciosas de todas.
La de ver cómo gente que llevaba veinte años en tu vida empieza a desaparecer porque "has cambiado".
Claro que he cambiado.
Y gracias.
Porque lo preocupante habría sido atravesar todo esto y seguir exactamente igual.
Cuando el antifaz se cae, ves.
Ves realmente.
Ves quién estaba por costumbre.
Quién estaba porque mientras fueras la versión funcional, complaciente y predecible de ti todo encajaba perfectamente dentro del tablero.
Pensaba que esa vida que conocía era mi vida.
Y joder…
bastó agitar un poco el avispero para desatar el Armagedón.
Y ahí comprendí algo todavía más profundo.
Que mucho de lo que recibí.
Mucho de lo que se me dijo.
Mucho de lo que otros proyectaban sobre mí…
no era más que su propio reflejo.
Sus miedos.
Sus límites.
Sus propias cárceles internas intentando explicarme quién debía ser para que ellos siguieran sintiéndose cómodos.
Y ahí fue cuando me di cuenta de algo casi irónico:
sí había crecido.
Y bastante.
Porque hay que estar muy loca y ser muy valiente para hacer lo que hice.
Muy Harley Quinn existencialista.
De esas que, sabiendo perfectamente que acabará ardiendo en la hoguera, decide coger ella misma la antorcha y prender el fuego.
📍Destino 3 — Mujeres funcionales rotas
Y lo tengo que hacer porque a veces la realidad me supera.
Mi cerebro no comprende este individualismo enfermo donde vivimos cada vez peor mientras fingimos constantemente que progresamos.
Más rápido.
Más productivas.
Más ocupadas.
Más asfixiadas.
Solo queremos llegar.
Llegar y llegar y llegar.
Como putas máquinas.
Porque el sistema no quiere personas conscientes.
Quiere personas funcionales.
Productivas.
Agotadas, pero eficientes.
Y entonces anestesiamos el cuerpo para que se calle.
Seguimos.
Hasta que el cuerpo empieza a mandar avisos.
Migrañas.
Ansiedad.
Insomnio.
Accidentes.
Porque el cuerpo siempre termina hablando cuando llevas demasiado tiempo obligándolo a callar.
El otro día tuve que parar el coche en Port Ginesta.
Simplemente mi padre tenía el barco allí.
Y supongo que hay lugares que se quedan pegados dentro de una aunque pasen los años.
Así que aparqué.
Bajé.
Y me dije:
"Venga. Treinta minutos."
Treinta minutos sentada con los pies en la arena antes de volver a correr otra vez como el conejo de Alicia perseguido por la ansiedad funcional moderna.
Porque así funciona mi cabeza.
No descansa.
Va haciendo pases de turno constantemente.
Médico.
Niños.
Trabajo.
Mensajes.
Tareas pendientes.
Seguir siendo funcional mientras tu sistema nervioso lleva meses pidiendo baja laboral emocional.
Y llega un momento en el que acabas sintiendo que no cumples bien en ningún rol.
Ni como hija.
Ni como mujer.
Ni como madre.
Ni como pareja.
Ni como amiga.
Ni como trabajadora.
Y entonces aparece ese pensamiento brutalmente honesto de:
"Buf… qué pereza de vida."
Porque pasas años intentando sostener etiquetas, expectativas y versiones de ti diseñadas para que todo el mundo esté cómodo menos tú.
Y ahí algo dentro hace clic.
Y dices:
a la mierda los roles.
A la mierda las etiquetas.
A la mierda la necesidad constante de cumplir perfectamente en todos los tableros al mismo tiempo mientras tu sistema nervioso se derrite como un Windows XP sobrecalentado.
Porque yo no quería elegir entre ser madre o ser yo.
Quería ambas cosas.
📍Destino 4 — Masoca, viciosa y demasiado consciente
Y supongo que, llegados a este punto, podríamos confirmar oficialmente algo:
Sí.
Soy una masoca de mis propios pensamientos.
Viciosa.
Intensa.
Pero, siendo sincera, ya ni siquiera creo que sea masoquismo.
Creo que es terquedad.
Porque al final descubrí que no era adicta al caos.
Era adicta a sentirme viva.
A cuestionar.
A entender.
A vivir sin disfraz aunque eso implique incendiar media existencia por el camino.
Y supongo que algo tendrá que ver también el toro que corre por mi sangre.
Tauro.
22 de abril.
Cabezonería emocional con denominación de origen.
Porque cuanto más intento simplificarme, más me complico.
Cuanto más intento descansar, más piensa mi cabeza.
Cuanto más me digo "déjalo estar", más necesito entender.
Masoca.
Viciosa.
Intensa.
Y probablemente demasiado consciente para vivir anestesiada.
Pero si algo aprendí después de desmontarme entera, es que prefiero arder siendo yo que sobrevivir convertida en un personaje vacío.
Porque al final no vine a este mundo a encajar perfectamente.
Vine a vivir.
Aunque a veces eso implique incendiar media existencia por el camino.
📍Destino 5 — Fin del viaje
Y quizá me moriré sabiendo que la mayor lección que pude darle a mis hijos no fue enseñarles a encajar.
Fue enseñarles a ser libres.
A ser ellos mismos.
Con sus aciertos.
Con sus errores.
Con sus contradicciones.
Porque yo también me equivoqué muchísimo.
Y sí, hubo muchos hijos de puta aprovechados en mi vida.
Muchos.
Pero curiosamente fueron precisamente esos hijos de perra los que terminaron enseñándome algo brutal:
que muchas veces la crueldad ajena no era fortaleza.
Era miedo.
Y que muchas personas aparentemente fuertes no eran más que fachadas perfectamente construidas para esconder inseguridades y traumas no resueltos.
Y ahí entendí algo liberador:
yo al menos tuve el valor de enfrentarme a mí misma.
De entrar en el incendio.
De mirar el monstruo de frente aunque me destrozara por el camino.
Porque al final quizá eso era la libertad.
No vivir sin heridas.
Sino vivir sin disfraz.
Porque quien decide asomarse voluntariamente al abismo para desmontar sus propios cimientos no busca paz.
Busca verdad.
Aunque la verdad muchas veces venga vestida de hostia psicológica premium.
Fin del viaje.el valor de enfrentarme a mí misma.
De entrar en el incendio.
De mirar el monstruo de frente aunque me destrozara por el camino.
Porque al final quizá eso era la libertad.
No vivir sin heridas.
Sino vivir sin disfraz.
Porque quien decide asomarse voluntariamente al abismo para desmontar sus propios cimientos no busca paz.
Busca verdad.
Aunque la verdad muchas veces venga vestida de hostia psicológica premium.
"La libertad no es más que la oportunidad de ser mejor ."
— A.Camus - LA -ᚢ ᛏ ᛟ

