Desaprendiendo ...y aún así ... a veces, ni lo entiendo...
El tiempo todo lo cura.
O eso dicen.Ya van casi dos años desde el momento en el que decidí poner mi vida completamente patas arriba. Y vaya si lo hice. La giré, la volteé, la sacudí sin saber muy bien si algo quedaría en pie después.
Sucumbí quizá al peor de los excesos: el orgullo de sobreestimar la autenticidad de mi entorno, la solidez de mis cimientos y la argamasa de todo aquel encofrado que creía firme. Resultó estar hueco, carente de la robustez que yo le atribuía.
Así que no hubo más remedio que derribarlo todo y empezar de cero. Sin esperanza, sin luz, sin certeza alguna de que la paz llegaría en algún momento.
Dejé mi casa. Dejé mis costumbres. Dejé mis pertenencias.
Y lo único que quedó fue mi cuerpo. El chasis. El vacío más insólito.
Cuando no hubo bandera en el mástil que sostener, allí estaban mis dos hijos, tirando de mí desde su inocente egoísmo, desde su instinto puro de necesidad. Necesitaban la fortaleza de un líder, la figura que ampara y protege. Y yo era lo que había.
Cada uno lo expresaba a su manera, desde sus diferencias, desde aquello que los hace únicos. Dos almas creadas desde el amor más profundo, desde el sentimiento de pertenencia y la ambición de un proyecto común: compartir una vida juntos, ser familia frente a los problemas, la rutina, los malos y los buenos días; el equipo, la compañía, el acompañarse para vivir un poco más felices.
Todo aquello quedó reducido a cenizas tras una guerra fría y despiadada, cuyos protagonistas, incluso después de dos años, seguimos intentando encontrar nuestro nuevo lugar.Un bucle continuo. Una espiral que a veces se hace pesada, pero que cuesta soltar por miedo a que dejarla atrás reste valor o acabe empañando lo bueno que hubo.
Con el tiempo entendí que no se trata de borrar, sino de integrar. Honrar lo vivido sin convertirlo en un altar.Dos hijos maravillosos que, cuando no están, hacen que hasta la casa lo note. El silencio lo invade todo, el orden lo acompaña y el tiempo, curioso él, decide volverse lento.
La mente encuentra entonces espacio para boicotearme. Aparece la nostalgia. Echo de menos aquella familia de cuatro que construimos, aunque no supiéramos cuidarla como merecía.Porque, aunque una parte de mí hubiera querido hacer como si nada hubiera pasado, algo se rompió. La fractura fue demasiado grande y el espectáculo, demasiado grotesco.No podía avanzar. Tampoco retroceder.
Tuve que dejar mi casa y volver a una convivencia casi adolescente con una madre cuya mentalidad y costumbres chocaban con mi forma de entender la vida. Yo ya me había rebelado contra un sistema que aprieta, encorseta y asfixia. Ella no.
Tuve que despojarme de todo, romperme por completo, para ver qué quedaba en el fondo del pozo.Aparecí en mitad de la nada. Fui al rescate de mis sueños y acabé sola entre sombras, sometida al juicio interior, a la ausencia de sentimiento, a una sensación de hielo que terminó por congelarme el corazón.
No sentía nada. Salvo pena. Pena por mí...
Me drenaba la energía. Me consumía. Solo me sentía cansada, hastiada, con un único deseo: descansar, dormir y no despertar. Apagarlo todo.Lo único que me hacía seguir era la inercia de la obligación. La responsabilidad pesaba más que la culpa de no ser capaz ni siquiera de sentir amor por mis propios hijos. No porque no los amara, sino porque directamente no sentía nada.Estaba bloqueada, paralizada por el exceso de análisis.
Lloraba por incredulidad, por dolor profundo, por desarraigo, abandono, incomprensión, vergüenza, humillación, maltrato y vejación. Por todo. Y por la nada. Por no poder sentir nada bueno, ni un rayo de luz que aportara calor a tanta frialdad.Y ahí, frente a lo inesperado, aparecieron personas. Sin discursos ni exigencias. Personas que simplemente me recordaron que no era la única que tenía que empezar de cero.
Comprendí entonces que elegir ya había sido un acto de valentía, que el camino difícil también define.Se abría un mundo nuevo: el de la sinceridad real y el de quienes empatizan porque ya ardieron antes.Poco a poco dejé de cerrarme puertas. No me decantaba, me dejaba llevar.Empecé a entender que incluso dentro del caos había evolucionado, que era capaz de empezar de cero con mis dos hijos. Sola. Para todo.
Fueron meses intensos. Colegio, pisos, cuentas atrás. Imaginar un hogar posible mientras el tiempo jugaba en contra.Vendí, compré, ajusté. Con pocas opciones y muchas restricciones. Hasta que apareció una casa, una que podía asumir.Y cuando la tuve, invertí el tiempo sin mis hijos en prepararla, en construir un espacio donde, al volver, pudieran sentir que aquello empezaba a ser hogar. Nuestro hogar. Uno nuevo, sin deudas emocionales heredadas.Echaba de menos compartir, delegar, no estar sola para todo. Pero algo había cambiado. Había dejado de tener miedo en ciertos aspectos.Era mi casa. Y nadie volvería a echarme de ella.
Todavía recuerdo el día en que el padre de mis hijos y su padre me dejaron una maleta en la puerta, con mis hijos pequeños mirando. Hay escenas que no necesitan explicación.
En lo laboral, el panorama no fue mucho mejor: cambios, ascensos, más carga. Un compromiso ciego que rozó el masoquismo.Construir, reconstruir, vender y volver a empezar. Apagar fuegos era mi especialidad. Ahora querían planificación. También la hubo.
Hoy empiezo a soltar algunos apegos del pasado. Me permito otros nuevos, pero con límites claros.Respiro mejor cuando pienso desde la razón y no dejo que el corazón decida solo. No está derrotado, solo prudente.
Me piden decidir, elegir. Y no puedo. He vivido demasiado rápido demasiado tiempo. Ahora no quiero prisa.Deleitarme en el ahora tampoco suena tan mal.Si antes vivía en el futuro cargando el pasado, quizá ahora, por primera vez, simplemente esté aprendiendo a estar. Y a que me importe cada vez menos encajar.La soledad también concede libertad. No es gratis. Nunca lo fue.
Cuanto más consciente te vuelves, más exigente eres con la honestidad y la lealtad, y menos paciencia te queda para lo demás. Así empieza la depuración. Natural. Inevitable.
Personas que considerabas familia o parientes se caen solas.Y otras, con el tiempo, descubres que no eran más que mierdas disfrazadas de personas.
No todo lo que es verdadero tiene que ser amable.Y no todo lo que es amable es honesto.
Y entonces ocurre algo curioso: la vida empieza a conectarte con quienes ya hicieron su limpieza. Gente que escucha y no juzga.
Se abre un nuevo horizonte, un hilo del que tirar, sin atajos milagrosos.
Personas que entienden que, a veces, es suficiente con estar. Cuando tu corazón coincide con su razón.

Descubrí que eran pocos. Menos. Apenas o incluso ninguno… si miraba atrás.
Y, curiosamente, eso dejó de doler.
«No me hago a mí mismo, me sucedo.» — C. G. Jung LA- (ᚢ) ᛏ ᛟ
