Nos enseñaron a pedir perdón por existir

08.03.2026

Maternidad, rabia y la decisión de dejar de vivir con máscaras

Nunca imaginé que lo primero que sentiría al saber que mi primer hijo sería una niña sería culpa.

Culpa por traerla al mundo siendo mujer.

Culpa por saber que algún día también tendría que aprender lo que yo aprendí demasiado pronto: a pedir perdón incluso cuando no has hecho nada malo.

Porque durante generaciones a las mujeres nos enseñaron exactamente eso.

A pedir perdón por existir.

Lo curioso es que con mi segundo hijo, cuando supe que era niño, no me pasó lo mismo.

No sentí esa necesidad de pedirle perdón.

Y creo que ahí entendí algo que hasta ese momento no había sido capaz de poner en palabras.

Que mi miedo no era a ser madre.

Mi miedo era saber lo que significa crecer siendo mujer en este mundo.

Es curioso cómo cuando me dijeron que el sexo de mi primer hijo sería niña lo primero que me vino a la cabeza fue pedirle perdón.

Recuerdo mirarla mientras le daba el pecho y susurrarle casi sin voz: perdón por ser mujer… lo siento por decirlo, pero algún día lo entenderás.

En aquel momento no supe explicar muy bien por qué sentía aquello. Solo sabía que algo dentro de mí se removía con una intensidad difícil de describir. Una mezcla de amor, miedo y una rabia antigua que llevaba demasiado tiempo acompañándome.

Quizá fue en ese instante, justo en el momento en que me convertí en madre, cuando empecé a comprender de dónde venía todo.

Porque lo cierto es que pedir perdón siempre ha sido algo demasiado presente en mi vida.

Pedir perdón por hablar demasiado alto.
Pedir perdón por incomodar.
Pedir perdón por decir lo que pensaba.
Pedir perdón por no encajar.

A veces incluso por cosas que ni siquiera dependían de mí.

Durante años viví con esa extraña sensación de estar ocupando un lugar que tenía que justificar constantemente, como si mi existencia necesitara siempre una disculpa previa.

Nos enseñaron a pedir perdón incluso por existir.

Y quizá por eso aquel día, al mirarte, lo primero que me salió fue aquello.

Perdón.

No porque no quisiera que fueras mujer.

Sino porque sabía, incluso antes de que tú lo supieras, que el mundo que ibas a habitar no siempre sería amable contigo.

Nací en el seno de una familia tradicional, conservadora y de clase media alta, donde los valores, las apariencias y los silencios pesaban más que muchas verdades. Un lugar donde los odios se heredaban igual que los apellidos y donde la rabia aprendía muy pronto a esconderse bajo el manto de los "buenos valores", de los usos y costumbres que jamás debían ser cuestionados.

Cuando creces en un entorno así aprendes muy pronto cuál es tu lugar. Aprendes lo que se espera de ti. Aprendes lo que debes callar. Aprendes hasta dónde puedes cuestionar.

Y muchas veces la rabia no desaparece.

Solo aprende a esconderse.

Se esconde detrás de la educación, de las formas, de la imagen que hay que mantener de cara a la galería… hasta que un día deja de poder esconderse.

Recuerdo perfectamente el día que nació mi hija.

Intentaron ponerme la epidural y no lo conseguían. Cinco intentos fallidos directamente en la columna mientras yo estaba en plena dilatación. Cada vez que venía una contracción tenían que parar, esperar a que pasara el dolor y volver a intentarlo.

Y ahí estaba yo, intentando no moverme, aguantando las contracciones mientras me pedían que me quedara completamente quieta para poder introducir la aguja en la espalda.

Contracción. Parar. Respirar.

Y cuando pasaba, volvían a intentarlo.

Así cinco veces.

Cinco veces pinchando en la columna hasta que decidieron cambiar de anestesista. Fue el tercero quien finalmente consiguió hacerlo bien.

Y aun así recuerdo que en medio de todo aquello yo seguía diciendo: perdón.

Perdón por si me movía.
Perdón por si no estaba ayudando lo suficiente.
Perdón por si no les estaba facilitando el trabajo.

Cuando en realidad el problema no era mío.

Y ahí entendí algo que durante mucho tiempo no supe explicar.

Nos educaron para no molestar.
Para no incomodar.
Para no ocupar demasiado espacio.

Y quizá por eso mi rabia siempre fue tan intensa.

Porque nace exactamente en el lugar donde durante demasiado tiempo aprendí a pedir perdón por existir.

Dicen que las brujas volaban en escoba.

A veces pienso que yo desciendo de alguna que ardió en una hoguera por el simple delito de querer saber demasiado.

Por hacer preguntas incómodas.
Por no aceptar las cosas simplemente porque siempre se habían hecho así.

Porque la curiosidad, en determinadas épocas, siempre ha sido peligrosa.

Sobre todo en una mujer.

Pero hay algo que también tuve que aprender con el tiempo.

Todo el mundo tiene derecho a opinar.

Pero eso no significa que todas las opiniones tengan que ser respetadas.

Muchas veces ese supuesto derecho a opinar se utiliza como excusa para lanzar barbaridades.

Juicios.
Prejuicios.
Crueldades disfrazadas de opinión.

Y entender eso fue profundamente liberador.

Porque respetar a las personas no significa aceptar cualquier cosa que salga de su boca.

Hay otra cosa de la que casi nadie habla cuando una mujer decide romper con lo que se espera de ella.

Las pérdidas.

Cuando decides dejar de vivir con máscaras inevitablemente algo se rompe alrededor.

Empieza una especie de purga silenciosa.

Amigos que desaparecen.
Relaciones que se enfrían.
Personas que de repente dejan de estar.

Especialmente después de un divorcio.

Porque el divorcio no solo rompe una pareja. También rompe muchas de las estructuras sociales que se habían construido alrededor de esa pareja.

Al principio duele.

Pero con el tiempo entiendes algo importante.

La autenticidad tiene un precio.

Pero también tiene una recompensa enorme: la libertad.

Y luego está otra de esas contradicciones que seguimos arrastrando.

Si eres madre y decides seguir creciendo profesionalmente, entonces eres ambiciosa.

Como si querer avanzar, aprender o construir algo propio fuera incompatible con amar profundamente a tus hijos.

Y entonces llega el juicio más duro de todos.

"Mala madre".

Lo más triste es que muchas veces esa idea viene de hombres que fueron educados bajo ese mismo modelo.

Hombres criados por madres que también aprendieron que una mujer debía sacrificarse por completo.

Y quizá ahí está una de las mayores tragedias.

Cuando las propias mujeres terminan defendiendo el mismo sistema que las limita.

Pero también está mi hijo.

Mi hijo es sensible.
Es cariñoso.
Es empático.

Y sé que el mundo en el que crecerá intentará muchas veces convencerlo de que eso está mal.

Que los hombres no lloran.
Que los hombres no muestran debilidad.

Y quizá una de mis mayores misiones como madre, pero también como mujer, sea proteger eso.

Preservar esa parte de él que todavía no ha sido contaminada por ese modelo de masculinidad que tantas veces convierte a los hombres en algo que ni ellos mismos reconocen.

Porque el mundo no necesita más hombres incapaces de sentir.

Necesita hombres que no tengan miedo de ser humanos.

Gracias a Dios hoy puedo decir que mi relación con mi hija cada vez va mejor.

A veces incluso es ella la que asume el papel de líder y me achucha.

Y en esos momentos la miro y pienso que quizá, pese a todo, algo no lo hemos hecho tan mal.

Porque las mujeres también aprendemos a sostenernos entre nosotras.

Incluso cuando una de ellas solo tiene nueve años.

Y aunque muchas veces estemos cansadas, rotas o perdidas…

seguimos caminando.

Porque podemos caer, rompernos y volver a levantarnos tantas veces como sea necesario.

Como si nada.
Como si nunca.
Como si nadie.

Porque al final entendí algo que nadie me enseñó cuando era niña:

que una mujer que deja de pedir perdón por existir… ya no vuelve a ser la misma.

"Intenté ahogar mis penas en alcohol, pero las condenadas aprendieron a nadar."
— Frida Kahlo - LA -ᚢ ᛏ ᛟ 


Porque a veces la vida te obliga a empezar de nuevo desde abajo.
Y es justo ahí, en el fondo, donde descubres la fuerza que no sabías que tenías.