
El check de una lista suicida
Todo acaba reduciéndose a una lista. No a la vida, no a las personas, no a los vínculos: a una lista. Casillas marcadas con la pulcritud de quien cumple sin mancharse. Objetivos alcanzados, desafíos superados, expediente cerrado. En ese silencio aséptico, los hechos no dialogan: ejecutan. Y él ejecutó. Sin dudas. Sin pausa. Sin corazón.
Porque sin respeto no hay alianza, y sin alianza la confianza no se rompe: se evapora, como algo que nunca mereció existir. No busco esperanza, ese tranquilizante barato que se receta cuando nadie quiere hacerse cargo. El tiempo y la conciencia hacen mejor su trabajo, aunque tarden. Persisto, sí, incluso cuando el telón cae, no por tragedia sino por el peso insoportable de la arrogancia ajena.
Hay hombres que miden los años en resultados y beneficios, que convierten a las personas en pasatiempos breves y a los afectos en residuos prescindibles. Usan, consumen y desechan con la frialdad de quien baja la basura antes de que huela, no por higiene, sino por costumbre. Él no fue cruel: fue eficiente. Que es mucho peor.
De la ignorancia aprendí a sobrevivir. Aprendí que basta un soplo, una excusa elegante o una frase bien colocada, para encartar o descartar a alguien según convenga. Luego se culpa al destino, que siempre queda bien como coartada moral. Esa expectativa murió pronto, y no dejó herencia.
Sin acceso a la oportunidad, opté por quedarme en la continuidad absurda de la nada. Podría haberme protegido, huido o desaparecido, pero decidí ignorar las señales. Callé a ese Pepito Grillo molesto que insistía en advertirme de la caída. Y, como suele pasar, tenía razón. Siempre la tuvo, aunque yo preferí hacerme la sorda.
Vi entonces lo inimaginable, o quizá lo evidente: un hombre sin corazón, no por tragedia sino por decisión. Un bloque de hielo orgulloso de no derretirse, una pared pulida por la indiferencia. Ejecutó su sentencia con precisión quirúrgica, declaró irrelevante lo que no figuraba en su plan y tachó sin temblar aquello que el tiempo había construido con verdad. No existen verdades absolutas, dicen, pero hay cobardías que no admiten debate.
No soy nadie. Nunca lo he sido. Una marioneta consciente de los hilos, que ya es bastante en este teatro. El resultado de un remolino de circunstancias, una chispa empeñada en no apagarse del todo mientras el vendaval hace lo suyo.
Del caos surgió el error más humano: confiar. Confiar en una mano que creí parte de mí, confiar en que no me soltaría. No pedí que me arrastraran ni que me salvaran, solo una cuerda para atravesar el terreno. Incluso eso resultó excesivo para alguien ocupado en cumplir su checklist emocional.
¿Hay honor en la retirada? Claro que lo hay. Sobre todo cuando quedarse implica traicionarse con disciplina y sonreír por educación.
Rechazo el papel de víctima porque es cómodo y estéril. Prefiero la incomodidad de la lucidez. Ahora habito la nada, ese espacio honesto donde se recompone el alma sin discursos motivacionales. He soltado las piedras de una mochila que cargaba sin sherpa y, de las astillas, fabriqué un caparazón nuevo.
El caballero de fachada sigue ahí, disfrazado de prudencia y silencio estratégico. Pero la omisión también habla, y suele decir más de lo que su autor quisiera. En este juego de máscaras, la inteligencia y la disciplina se confunden fácilmente con la cobardía bien planificada.
La vida me enseñó que no todos los fuegos arden igual. Algunos incendian con estruendo; otros apenas iluminan. Yo busco el mío, no para arrasar, sino para no volver a congelarme.
Desde niña aprendí lo que es el abuso y decidí no ser su consecuencia. Hoy mi tarea es otra: enseñar a mis hijos el amor que no se negocia, la dignidad que no se tacha de ninguna lista, la valentía que no huye cuando la conciencia incomoda. En sus ojos no veo promesas vacías. Veo futuro. Y eso, precisamente eso, no pienso marcarlo como completado jamás.
No destroces lo que amas, porque eso no es amor. LA-ᚢ ᛏ Δ
"Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores.
Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y hay gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende". E.Galiano.
