El regreso de "Thelma y "Louise"...
A pesar de haber recorrido caminos muy distintos, de ser bastante opuestas en la forma en que nos proyectamos y nos desenvolvemos socialmente, compartimos un único concepto y una misma filosofía de vida: vivir y dejar vivir.
Tal vez fue aquella expresión en suajili, Hakuna Matata, la que resumía todo… o la broma que me hicieron en Kenia durante mi luna de miel, cuando los locales del viaje, entre risas y confianza, la transformaron en un irreverente hakuna matako, hakuna matiti. Un chascarrillo sencillo, casi absurdo, que sin quererlo acabó convirtiéndose en recordatorio.
Quizá muchos deberían tatuárselo en la frente para que, al mirarse al espejo, no lo olvidaran… aunque, leído del revés, probablemente tampoco lo entenderían.
Y eso es digno de admirar, por no decir primordial: la libertad de no ser juzgado ni demonizado. Con el tiempo acabas comprendiendo que para llenarte la cabeza de ruido ya estás tú sola, que no necesitas adheridos. Tú solita te bastas y te sobras.
De hecho, para lo que realmente necesitas a tu entorno es para que te saque de tu propia perspectiva y te ayude a mirar desde otros ojos.
Ahí está lo bonito del asunto.
En el equilibrio.
En entender que el cariño y la pertenencia se forjan a base de presencia —y no necesariamente física—, sino en sentir que esa persona entiende tu sufrimiento y empatiza con tu dolor. Porque, aunque el suyo tenga otro nombre o se manifieste de otra manera, sigue siendo el mismo sentimiento que solo conocen quienes han estado ahí… o han llegado ahí.
Ambas hemos sentido en nuestras propias carnes la pérdida de seres queridos. Hemos atravesado situaciones de estrés como verse sola, sin un referente de autoridad más allá de una misma, alzando la voz y dando las gracias si la falta de tiempo ha generado un bigote lo suficientemente intimidante como para imponer respeto en el intento de ser la protectora del hogar y de la paz.
Aunque eso suponga que el cerebro colapse y esa paz se transforme en un volcán capaz de arrasarlo todo en cuestión de minutos, dejando únicamente las sombras de los cuerpos.
Cuando eres madre y estás sola con ellos te das cuenta de cuánto se echa en falta a un adulto con el que conversar. Alguien que te pregunte qué tal el día… o ni siquiera eso; alguien a quien contárselo directamente, sin justificarte, sin resumir, sin traducir emociones para que resulten digeribles.
Porque llega un punto en el que das, sostienes, organizas y proteges tanto que ya no queda espacio para ti.
Y no es la soledad lo que pesa —porque aprendes a convivir con ella—, es la ausencia de un igual.
De una mirada que te vea.
De una voz que no demande, que no juzgue, que no necesite nada más que estar y escuchar.
Ahí es donde el silencio deja de ser descanso y se convierte en carga. No porque falte gente alrededor, sino porque falta alguien con quien poder ser, simplemente, humana.
Nos hemos unido desde el caos con el que cada una lidiaba, desde el aprendizaje —a veces torpe, a veces brillante— de manejar la incertidumbre.
Antes yo lo planificaba todo; era la reina de la previsión y del control. Ahora tengo que apuntarlo todo o se me evapora. He pasado a otro estado: el de supervivencia. Me limito al día a día y trato de fustigarme lo menos posible por no pensar en el mañana, porque muchas veces el propio día ya se me hace demasiado largo como para cargar, además, con un futuro que no sé cómo sostener.
Hemos pasado por rachas en las que no nos dirigíamos la palabra, por situaciones que para ambas eran difíciles de sostener: corazón encogido, puños cerrados y una espada entre pecho y pecho obligándote a inclinar la balanza.
Y a veces, impulsadas por la duración de nuestro propio estado emocional, nos equivocamos. Metemos la pata. Y la cagamos profunda y soberanamente.
Y entonces llega ese lugar.
La noche más oscura.
Ese momento en el que lloras con gritos que salen de un alma desgarrada, aniquilada, que exhala su último soplido de rebeldía mientras el cuerpo ya la ha abandonado y cae en un abismo de indiferencia absoluta. Un lugar donde comprometerse o implicarse demasiado exige, antes, un trabajo inmenso.
Afortunadamente —y ahí está uno de nuestros grandes nexos—, aun cada una con su nivel de orgullo, sabemos rectificar. Reparar el daño que hayamos podido ocasionar, injusta o innecesariamente, al otro.
Así nos hemos convertido en dos mujeres que se aceptan tal y como son, sabiendo de qué peca y de qué carece la una y la otra.
Y con el tiempo ha ocurrido algo casi insólito: la sincronicidad. Como si tuviéramos un imán para intuir el valor de los silencios; cuándo preocuparse y cuándo no; cuándo acercarse y cuándo apartarse para conceder espacio.
Y, sobre todo, el sentido del humor.
La inteligencia suficiente para reírte de tu mayor tragedia, de tus traumas, de tus errores. Y la capacidad de quitarle importancia cada vez que nos mandamos a la mierda —algo que, de hecho, consideramos obligatoriamente necesario—, porque de lo contrario necesitaríamos a un tercero para ventilar lo que no somos capaces de decirnos a la cara.
Una de las premisas fundamentales que sostiene mi entorno más cercano es no dar nada por hecho. No hacer suposiciones. No envenenarme antes de tiempo con una verdad que no deja de ser solo mi punto de vista.
Me faltan datos para condenar y sentenciar. Mantengamos la presunción de inocencia; de lo contrario, tampoco habría demasiado juego.
Por eso existen Pili y Mili.
No son gemelas. Son la noche y el día, el blanco y el negro. Y no ha hecho falta rompernos para recomponernos desde una versión mejor, donde esta vez hagamos las cosas desde la consciencia y no desde lo que toca, ni arrastradas por la corriente cuando dejar de escuchar solo consigue que las palabras reboten.
Porque la meta —aunque no haya manera de alcanzarla y se presente llena de curvas, acantilados y temporales— está ahí: vivir en paz, ser buena persona y mantener lejos a los vampiros emocionales que pretendan perturbar el camino que has decidido recorrer.
Y aunque el final no haya cojones de vislumbrarlo y cada paso adelante anuncie una posible caída libre, seguimos poniéndonos en pie… y andando.
A veces, para alcanzar esos picos, hay bajones importantes. Momentos de llorar y aislarte, saturada de cargar cada vez con más, aceptándolo todo sin quejarte demasiado, sin compadecerte, pero sin dejar de avanzar.
Cada una ha vivido lo suyo, ha perdido lo suyo y trata de recomponerse buscando ser quien hace tiempo se perdió: perdida en la rutina, en el compromiso, en la obligación de no bajarse de la rueda del hámster.
Reconstruir un hogar, una familia que se rompió, y gestionar cómo cada hijo exterioriza ese derrumbe.
Uno de ellos —mi hijo— sigue siendo un niño maravilloso, feliz, ajeno a los conflictos. Solo quiere estar bien y pasarlo bien. Te contagia su energía: incansable, inquieto, aventurero y, a la vez, tierno, cariñoso y eternamente agradecido. Inocente. Ingenuo. Solo quiere amor, juego y diversión. Ve la vida como deberíamos verla todos.
Mi hija, en cambio, ha sido más complicada. Más inaccesible. Un muro que muchas veces se me escapa de las manos. No siempre sé gestionarlo, porque inevitablemente yo también soy humana y me equivoco.
No soy una madre narcisista ni les hago cargar con mis errores; al contrario. Cada decisión arriesgada que he tomado, aun conociendo las consecuencias, ha sido una forma de mostrarles que hay que guiarse por lo que uno siente y quiere, aunque luego sea la mayor cagada de su vida.
Prefiero eso a que vivan con el vacío del arrepentimiento por no haberse atrevido.
Mi mayor objetivo —y ojalá el logro de mi vida— es hacer de ellos personas felices o, al menos, con la conciencia tranquila de haber sido honestos, sinceros y, sobre todo, buenas personas.
Así que sí: somos imperfectas. Muy "malas madres" para algunos estereotipos rancios. Pero ella tampoco lo tiene fácil: suplir un papel que nadie puede sustituir.
Lo único posible es transmitir a los hijos el verdadero sentido de la vida: la superación constante y la paz que nace del primer paso para crecer como personas: la aceptación.
Aceptar la realidad, aunque sea cruda. Avanzar hacia lo nuevo sin excluir el pasado,
incluyéndolo y honrándolo.
La vida es la que es, a veces dulce, a veces ácida otras rancia y amarga... y aún así que decir... Gente opinando , gente que cuestiona, gente adicta al circo y su espectáculo y la era del Panem et circenses, al morbo, al narcisismo y egocentrismo de las épocas de institito ... ya deberíamos haberla superado... la quema de brujas , antorchas y cacareo.
TO BE CONTINUED....
