La paradoja de mi Catábasis me gusta más que La paradoja de mi Ser.
LA PARADOJA DE MI CATÁBASIS
Crónica de un regreso hacia mí misma
Una vez me dijeron que era como una espartana.
Sin embargo, no es así.
Ellas poseían independencia económica, eran fuertes, podían elegir a hombres considerados dignos para perpetuar un linaje de guerreros que eran separados de sus madres desde la infancia para iniciar un sistema educativo profundamente militarizado.
Hemos de recordar que Esparta era la antítesis de Atenas.
Y aun así, nunca me sentí representada por ellas.
Porque al final, pese a todo, su lema lo resumía todo:
"Vuelve con tu escudo o sobre él."
No.
Para nada.
Mi furia y mi pensamiento siempre ligaron más con las amazonas.
Temidas por los hombres.
Capaces de sembrar el miedo en los grandes imperios de la Antigüedad.
Peleando en la Guerra de Troya.
Invadiendo Atenas.
Luchando contra Perseo, Heracles o Aquiles.
Mujeres iguales a los hombres en habilidad, valor y determinación.
Veneradas.
Representadas.
Admiradas.
Mujeres libres.
Y quizás por eso me fascinaron desde niña.
Porque nunca vi en ellas un mito.
Vi una posibilidad.
Vi una forma de existir.
Vi mujeres que no pedían permiso para ser quienes eran.
Y tal vez, sin saberlo, siempre estuve buscándome a través de ellas.
Hoy me encuentro atravesando uno de los procesos más duros, complejos y necesarios de toda mi vida.
Una catarsis extrema.
Una purga.
Una muerte simbólica.
Un descenso voluntario al Inframundo.
Todavía no puedo explicar completamente en qué consiste.
Existe una conjura de silencio.
Un tiempo de observación.
Un retiro.
Una desintoxicación.
Años funcionando bajo presión.
Años intentando adaptarme a estructuras que jamás fueron las mías.
He cruzado los cuatro ríos.
He negociado con Caronte aun habiendo olvidado la moneda.
He descendido allí donde muy pocos se atreven a mirar.
Y sigo caminando.
Esperando beber de las aguas del Leteo.
Esperando alcanzar mis propios Campos Elíseos.
Ahora comprendo muchas cosas.
Tengo un aluvión de pensamientos que aparecen y desaparecen como estrellas fugaces.
Ideas que se atraen.
Ideas que chocan.
Ideas que se transforman.
Desmontando falsos relatos.
Falsos mitos.
Falsos maestros.
Falsas promesas.
Y aferrándome, por fin, a aquello que siempre estuvo dentro de mí.
Porque ahora lo sé.
Jamás estuve perdida.
Siempre estuve ahí.
Solo representaba el papel que a cada uno le resultaba más cómodo.
Durante años luché contra mi propia esencia.
La reprimí.
La castigué.
La encerré.
Permití que personas vacías se alimentaran de una luz que ni siquiera sabían reconocer.
Personas que confundían bondad con disponibilidad.
Profundidad con vulnerabilidad.
Sabiduría con frialdad.
Vanidad con estoicismo.
Hasta que descubrí una verdad fundamental.
No es oro todo lo que reluce.
No es fortaleza la ausencia de emociones.
No existe profundidad en quien ha sacrificado su humanidad para sobrevivir detrás de una máscara.
Y cuando la máscara cae, a veces solo queda vacío.
Fue entonces cuando comprendí algo todavía más importante.
La batalla nunca estuvo fuera.
La batalla siempre estuvo dentro.
Y qué razón tenía Jung.
Solo los valientes son capaces de adentrarse en su propia sombra.
Solo quienes aman la verdad más que la comodidad son capaces de abrazarla.
Porque la sombra no era el monstruo.
La sombra era la puerta.
Aquella parte de mí que llevaba toda una vida intentando hacerse escuchar.
Aquello que me enseñaron a corregir.
Aquello que me enseñaron a ocultar.
Aquello que intentaron etiquetar.
Aquello que intentaron apagar.
Y ahora entiendo esa paz.
La paz que sentí cuando mi círculo comenzó a abrirse y a vibrar en la frecuencia que siempre le correspondió.
Aunque eso implicara enfrentarme a un entorno hostil.
Aunque eso implicara desafiar estructuras incapaces de comprender el cisma radical que tuve que ejecutar para salvarme.
Porque sí.
Podría haberlo hecho de otra manera.
Quizás con más diplomacia.
Quizás con menos fuego.
Pero todavía estoy investigando quién soy realmente cuando dejo de pedir permiso para existir.
La búsqueda de lo verdadero.
La búsqueda de la autenticidad.
La purga era necesaria.
Y ahora comprendo por qué puedo llorar delante de Bernini.
Por qué La Piedad de Miguel Ángel me atraviesa el alma.
Por qué La Libertad guiando al pueblo de Delacroix me conmueve hasta la médula.
Por qué Eros y Psique me eclipsa.
Porque nunca fue solamente arte.
Era verdad.
Verdad convertida en mármol.
Verdad convertida en pintura.
Verdad convertida en símbolo.
Y cuando uno empieza a desprenderse de las máscaras, aprende a reconocer la verdad allí donde se encuentra.
En una obra.
En un mito.
En una mirada.
En un sueño.
En sí mismo.
Es curioso.
Hacía años que ni siquiera soñaba mientras dormía.
O quizás soñaba y había olvidado cómo escuchar.
Ahora no paro.
Entre desvelos, sudores y pensamientos que atraviesan mi mente como meteoros, siento que algo se está reordenando dentro de mí.
Las ideas se atraen.
Se repelen.
Se transforman.
Como constelaciones que llevan siglos esperando ser nombradas.
Hay un espacio inmenso por descubrir.
Un universo entero esperando ser explorado.
Y por primera vez no me da miedo.
Me emociona.
Porque ya no siento que esté perdida.
Siento que estoy regresando.
Regresando a casa.
Regresando a mí.
Y entonces comprendí algo todavía más extraño.
Mis tatuajes nunca fueron símbolos.
Eran coordenadas.
Coordenadas que durante años llevé grabadas sobre la piel sin ser capaz de descifrar.
Como si una parte de mí hubiera sabido algo que la otra todavía no estaba preparada para entender.
No eran símbolos.
Eran migas de pan.
Eran marcas en el mapa.
Eran coordenadas.
Y quizás esa sea una de las mayores paradojas de mi catábasis.
Que mientras descendía al Inframundo buscando respuestas, llevaba años caminando con ellas grabadas sobre la piel.
Hoy va por ti, Lara.
Hoy tienes que darte un fuerte aplauso.
Lo que estás haciendo es muy duro.
Pero vas por el buen camino.
No te rindas.
No tires la toalla.
Sigue así.
Aunque otros no lo entiendan.
Aunque no lo comprendan.
Aunque te llamen loca.
Porque las grandes mentes siempre fueron cuestionadas.
Y si además eran mujeres, todavía más.
Y si además eran madres, aún más.
Porque una mujer que piensa diferente desafía una idea.
Pero una madre que rompe cadenas cambia un legado entero.
Por eso esta batalla ya no es solamente por mí.
Es también por aquello que dejo atrás.
Por aquello que rompo.
Por aquello que me niego a perpetuar.
Por mis hijos.
Y especialmente por ella.
Mi escorpio adorada.
Mi niña bonita.
La que tantas veces me devuelve la mirada que yo tenía cuando era pequeña.
La que observa el mundo con una intensidad que reconozco inmediatamente.
La que pregunta.
La que siente.
La que cuestiona.
La que no se conforma.
Y cada vez que la miro veo algo profundamente hermoso y doloroso al mismo tiempo.
Porque es como mirar un espejo de mi propia infancia.
Con una diferencia.
Que ella tendrá herramientas que yo no tuve.
Que ella tendrá protección donde yo encontré peligros.
Que ella tendrá libertad donde yo encontré miedo.
Para que jamás tenga que pedir perdón por ser quien es.
Para que jamás confunda su diferencia con un defecto.
Para que jamás permita que nadie apague su luz para resultar más cómoda.
Porque ahora comprendo algo que antes no podía ver.
Las ovejas negras no vienen a destruir el rebaño.
Vienen a abrir caminos nuevos.
Y son precisamente esas ovejas negras las que más amo.
Porque en ellas siempre reconocí algo familiar.
Algo mío.
Y cuando por fin pueda consagrar esa ilusión, esa pasión que llevo toda una vida relegando a un futuro que nunca terminaba de llegar, espero que sirva para algo más que para cumplir un sueño personal.
Espero que sirva de guía.
Espero que sirva de refugio.
Espero que sirva de luz.
Para quienes todavía caminan a oscuras.
Para quienes sienten que no encajan.
Para quienes han cargado durante años con etiquetas que nunca les pertenecieron.
Para quienes aprendieron demasiado pronto a sobrevivir y demasiado tarde a vivir.
Y si algún día consigo darle forma a todo lo aprendido durante este descenso al Inframundo, me gustaría que quien lo encontrara sintiera algo muy simple:
Que no está solo.
Que no está rota.
Que no está perdida.
Que quizás, como me ocurrió a mí, solo estaba intentando encontrarse en un lugar donde jamás iba a poder hacerlo.
Y cuando todo esto pase —porque pasará— comenzaré una nueva etapa.
Una nueva meta.
Una nueva ilusión.
Una que llevo procrastinando desde niña.
Una que siempre fue mi verdadera pasión.
Una que permaneció esperándome pacientemente mientras yo intentaba convertirme en todo aquello que los demás necesitaban.
Y esta vez no caminaré alejándome de quien soy.
Esta vez caminaré hacia ello.
Porque por primera vez siento que la guerra interior comienza a terminar.
Y quizás la mayor paradoja de mi catábasis sea esta:
Que jamás descendí para perderme.
Descendí para encontrarme.
Que jamás emprendí este viaje para convertirme en alguien diferente.
Lo emprendí para recordar quién había sido siempre.
Y que aquello que llevaba toda una vida buscando nunca estuvo al final del camino.
Siempre estuvo dentro de mí.
Esperando pacientemente mi regreso.
Jamás estuve perdida.

Es curioso cómo siempre que necesito resurgir lo hago partiendo de un lugar... un lugar que debe estar grabado a fuego en mi ADN y que por ende ahora comprendo.
Durante mucho tiempo pensé que era casualidad.
Hoy ya no lo creo.
Todos tenemos una Ítaca.
Un lugar al que regresamos cuando necesitamos recordar quiénes somos.
"Solo estaba recorriendo el largo camino de regreso hacia mí misma." LA. -

