Las raíces de mi caos

14.01.2026

Manual incompleto para no traicionarse

En este espacio no se viene a juzgar a nadie. Se viene a entender. A mirar de frente el caos interior: emociones intensas, recuerdos que pesan y decisiones que dejaron marca. No para hacer terapia barata, sino para comprender de dónde nace el desorden y qué hacer con él. Porque incluso del caos, aunque cueste creerlo, puede salir aprendizaje, fuerza y algo de claridad.

Pensar en los orígenes deja claro que la vida puede girar más rápido que el propio planeta. Que los patrones se repiten, que las casualidades se parecen demasiado a las causalidades y que, aunque nos empeñemos en llamarlo azar, hay cosas que vuelven una y otra vez.

Y cuando parece que llega la calma… no.
Solo era la antesala de la siguiente incursión.

Nuevas rutas, desvíos inesperados y decisiones para espíritus inquietos, inconformistas o directamente cabezotas. Entre lo inconsciente y lo intrépido, entre lo valiente y lo necio, la vida se convierte en un viaje que cada cual nombra como le da la gana.

Y entonces aparece la pregunta incómoda:
¿qué te vas a llevar en el viaje final?

¿Una cuenta corriente llena de ceros y un caminito rodeado de maniquíes —pulcro, previsible, sin sobresaltos—
o asumir el riesgo constante, moverte en lo dinámico y abrazar el caos, no porque sea bonito, sino porque es lo único que te mantiene despierto?

Quizá abrazar el caos sea la única forma decente de recuperar el orden. Volver a las raíces. Descubrir quién eres sin todo lo que te metieron en la cabeza desde que naciste. Sin manual de instrucciones, sin expectativas ajenas, sin el ruido de fondo.

El viaje final no se mide en cifras, sino en experiencias. En lo vivido, en lo aprendido y en la intensidad con la que estuviste presente. El sentido no aparece solo: se construye a base de elecciones, renuncias y algún que otro salto al vacío.

No sabría decir qué espero de la vida. Tal vez porque intento no cerrarme a nada. Tal vez porque mi cabeza no para nunca y cuando lo hace, por fin, hay paz. Llegar a ese silencio ha costado lo suyo.

Ha costado ser la oveja descarriada. La oveja negra. La que escucha, pero no traga cuando algo le chirría. Porque justicia y realidad rara vez van de la mano y, muchas veces, resignarse es la única opción, aunque sepas que el universo lo ha visto todo y, aun así, no te va a dar ninguna medalla.

Ahí empecé a entender el dichoso verbo de "encontrarte".

Había aceptado que prefería ser buena.
¿Sirve de algo ser buena persona en esta vida? No para mucho.
Como diría Camus, en un mundo absurdo la única rebelión posible es no traicionarte.
Así que seguiré siéndolo. No para que me vaya mejor, sino para poder dormir tranquila.

No creo en el karma. Hay cerdos a los que nunca les llega su San Martín y otros que reciben más hostias de las que les tocarían en varias vidas. No porque el universo tenga algo contra ellos, sino porque el azar es así de poco elegante y no lleva contabilidad.

El universo no te va a recompensar por portarte bien.
Al universo le das igual.
Eres, como decía Duró, una mierdecilla del universo. Una gran mierdecilla, vale, pero mierdecilla al fin y al cabo.

Y no, no se va a fijar en ti para mandarte desgracias personalizadas. No hay complot cósmico ni lección oculta. Las cosas pasan. Y punto.

Así que toca asumir que, a veces, uno es tonto.
Y desde ahí, cambiar algo.
Porque como diría Duró: si ya sabes que eres tonto, no te rodees de más tontos. Cambia el escenario. Vete con los listos.
No porque ahora vayas a ser uno de ellos, sino para, al menos, aprender de sus errores y no cometerlos tú.

Pasarás la vida intentando mantener el equilibrio en esta montaña rusa emocional, a medio camino entre el robot y la persona, entre el rol y lo que realmente eres. Y llegará un momento en que tus creencias pesen demasiado.

Entonces no quedará otra que soltar lastre.

En definitiva, soy una tragedia griega mal gestionada y con mala leche. Mucha.
Podría ser peligrosa, incluso cruel… si no fuera porque todo se queda en palabras.
El motivo es simple y ya lo he dicho antes:
no soy mala, soy tonta.
Lara. Con L de lío, de laberinto y de liarla bastante.
Y eso, aunque no arregla nada, a-clara bastante.