«Lombardía: lo que no aparece en los mapas».

Entre lagos, montañas, pequeños pueblos y situaciones inesperadas, descubrí que viajar también puede ser una forma de detener el reloj y recuperar otra manera de mirar la vida.
Hay viajes que se preparan durante meses. Se estudian destinos, se comparan alojamientos, se organizan rutas y se confeccionan listas interminables de lugares imprescindibles.
Y luego están esos otros que simplemente suceden.
El mío fue uno de ellos.
Aunque, para ser exacta, había una razón especial para emprenderlo: reencontrarme con alguien importante para mí, vinculado a la zona del lago de Como. Lo demás fue surgiendo sobre la marcha.
Una escapada por el norte de Italia, con un presupuesto ajustado, pocos planes y muchas ganas de desconectar. Después de años acostumbrada a organizar, anticipar y resolver, viajar sin una agenda perfectamente estructurada me resultaba casi revolucionario.
No había monumentos que tachar de una lista ni horarios que cumplir. Teníamos un coche, algunos lugares en mente y la libertad de decidir sobre la marcha. Queríamos disfrutar de la naturaleza, conocer pequeños pueblos, probar su gastronomía y recorrer lugares vinculados a la infancia y a la historia familiar de mi compañero de viaje.
Lo que no imaginaba era que aquel viaje acabaría despertando tantas preguntas sobre nuestra manera de vivir.
El lago de Como: cuando el GPS casi me lleva por debajo del agua
Nuestra primera toma de contacto con el norte de Italia nos llevó al lago de Como.
Siempre me han fascinado los paisajes donde las montañas y el agua se encuentran. Y este lago tiene precisamente eso: montañas imponentes, pequeñas poblaciones aferradas a las laderas, casas de colores suaves y carreteras que serpentean siguiendo las curvas del paisaje.
Como: entre historia y escaparates de lujo
Nuestra primera parada fue la ciudad de Como, donde paseamos por su centro histórico, entre calles comerciales, edificios antiguos y escaparates de firmas de lujo.
Me llamó especialmente la atención ese contraste entre el patrimonio histórico y la elegancia de sus comercios. Por un lado, el imponente Duomo di Como, con su magnífica fachada; por otro, las tiendas de moda y los escaparates que recuerdan que estamos en Italia, donde el diseño parece formar parte de la vida cotidiana.
También encontramos vestigios de las antiguas murallas medievales, que recuerdan que la ciudad tiene mucha más historia de la que sugieren sus elegantes escaparates.
Como tiene esa mezcla curiosa de ciudad histórica y destino sofisticado, pero bastan unos minutos para dejar atrás el ambiente urbano y volver a encontrarse con el paisaje del lago.
Nesso: escalinatas de piedra y rincones junto al agua
Después llegamos a Nesso, uno de esos pueblos que parecen haberse construido desafiando la montaña.
Sus casas se escalonan sobre la pendiente y estrechas callejuelas de piedra descienden entre muros antiguos hasta llegar al lago.
Bajamos por aquellas escalinatas, atravesando pequeños pasadizos, hasta alcanzar la orilla. Allí encontramos un rincón donde detenernos junto al agua y disfrutar del paisaje sin ninguna prisa.
Uno de los lugares más característicos del pueblo es el Ponte della Civera, un pequeño puente de piedra junto al Orrido di Nesso, una garganta encajada entre las rocas. Desde lo alto, la imagen del puente, los tejados rojizos y el lago rodeado de montañas era espectacular.

También aprovechamos para comer en La Cascata, un restaurante que merece quedar apuntado entre las recomendaciones de nuestra visita a Nesso.
Pero uno de los momentos más divertidos del recorrido llegó gracias al GPS.
Mientras seguíamos sus indicaciones para continuar nuestro viaje, observé que la ruta parecía llevarnos directamente a través del lago. Y mi imaginación, que a veces trabaja más deprisa que mi sentido común, decidió buscarle una explicación.
¿Y si había un túnel que atravesaba el lago por debajo del agua?
Por un momento me imaginé circulando bajo el lago de Como, rodeada de agua, con los peces nadando sobre nuestras cabezas. Una especie de acuario gigante, pero con coches.
Reconozco que la idea me parecía fascinante. También bastante improbable, aunque eso no impidió que mi imaginación se entretuviera un buen rato con ella.
La realidad resultó ser bastante menos futurista: lo que nos esperaba era un ferry que nos llevaría desde Bellagio hasta Menaggio.
Menaggio: un helado memorable y un baño para olvidar
En Menaggio disfrutamos de un paseo junto al lago, de esos que no necesitan demasiados planes para resultar agradables.
Y, por supuesto, hubo tiempo para un helado. En La Fabbrica del Gelato probé uno de stracciatella con galleta, servido con una generosidad que siempre se agradece.
La otra experiencia memorable de Menaggio fue bastante menos apetecible: un baño público que prometía limpieza y por el que había que pagar cincuenta céntimos.
Después de pagar y descubrir su estado, estuve a punto de devolver el helado. No precisamente por lo malo que estaba, sino por las condiciones de aquel lugar. Finalmente, decidí que mi vejiga podía esperar.
Una buena forma de recordar que, incluso en los lugares más bonitos, no todas las experiencias resultan igual de encantadoras.
Germasino: entre la historia, el queso y una pequeña desgracia
Nuestra siguiente parada fue Germasino, un pequeño pueblo de montaña perteneciente al municipio de Gravedona ed Uniti, donde nos esperaban Ivan, un sardo y gran amigo de mi compañero de viaje, y su mujer.
Ambos regentan el Crotto del Gufo, un restaurante instalado en lo que antiguamente había sido una escuela. Y aquello ya me pareció una buena manera de empezar: un edificio que antes alimentaba la curiosidad de los niños ahora alimentaba a quienes se acercaban a conocer la gastronomía local.
Allí descubrimos platos tradicionales como los sciatt, unas bolitas fritas de trigo sarraceno rellenas de queso, además de polenta, embutidos, carnes, pescados y otros productos de la zona.
Me gusta conocer los lugares también a través de su cocina. No tanto por probar algo exótico como por entender qué se ha comido allí durante generaciones y por qué.
Una vida entera contada en diez minutos y en un idioma indescifrable
Durante nuestra visita conocimos a una señora de casi noventa años que había estudiado en aquella antigua escuela.
La mujer empezó a contarnos su vida con una energía admirable. En apenas diez minutos parecía dispuesta a resumir nueve décadas de recuerdos, acontecimientos familiares y anécdotas del pueblo.
El problema era entenderla.
Hablaba un dialecto local tan cerrado que incluso mi compañero de viaje, que es italiano, me miró en un momento dado y comentó que parecía estar hablando ruso.
Aquello me tranquilizó bastante. Si él no entendía nada, yo podía abandonar definitivamente cualquier intento de traducción simultánea.
Me recordó a esas situaciones en las que alguien de Barcelona escucha hablar a una persona mayor de un pueblo muy rural de Lleida y descubre que compartir una lengua no garantiza entender una sola frase.
Al final dejé de intentar descifrar cada palabra y me dediqué a observarla. Sus gestos, su entusiasmo, la facilidad con la que los recuerdos parecían acudir a su memoria.
Me impresionó su vitalidad. También pensé en todo lo que desaparece cuando se van las generaciones que todavía conservan esas formas de hablar: expresiones, bromas, maneras de explicar el mundo y una parte de la historia cotidiana que difícilmente aparece en los libros.
Las esquelas gigantes: cuando todo el pueblo comparte las despedidas
Otra costumbre que me sorprendió fue encontrar grandes esquelas colocadas en lugares muy visibles, generalmente a la entrada de los pueblos.
Y no ocurrió únicamente en Germasino. Las vimos en muchísimas de las localidades por las que pasamos.
Eran anuncios enormes, imposibles de ignorar, que informaban del fallecimiento de algún vecino.
Al principio me resultó extraño. Estoy acostumbrada a ciudades donde puedes vivir años en un edificio sin saber prácticamente nada de las personas que comparten contigo el ascensor.
Allí, en cambio, parecía que las despedidas también formaban parte de la vida pública. Aquellas esquelas no solo anunciaban una muerte; reconocían que alguien había pertenecido a aquella comunidad y que su ausencia merecía ser conocida.
No quiero idealizar la vida en los pueblos. La cercanía también puede significar falta de intimidad y las comunidades pequeñas tienen sus propias complicaciones. Pero aquella costumbre me hizo pensar en cómo hemos ido convirtiendo ciertos acontecimientos de la vida en asuntos cada vez más privados, incluso cuando quizá necesitaríamos compartirlos.
Un cuartel, una iglesia y los rostros de quienes no regresaron
La mujer de Ivan se ofreció a enseñarnos algunos rincones de Germasino. Y aquella pequeña visita improvisada terminó siendo una de las experiencias más interesantes del viaje.
Nos llevó hasta el antiguo cuartel de la Guardia di Finanza, relacionado con los últimos días de Benito Mussolini.
En su fachada había una placa conmemorativa que, según recuerdo, hacía referencia a la última noche que había pasado allí.
Me sorprendió encontrar un lugar vinculado a un episodio tan conocido de la historia italiana en un pueblo tan pequeño y tranquilo. La documentación histórica sitúa el paso de Mussolini por Germasino durante sus últimas horas de cautiverio, antes de ser trasladado a otros lugares.
Aquella placa me recordó que los grandes acontecimientos históricos no suceden únicamente en capitales, palacios o edificios monumentales. A veces dejan huella en construcciones que uno podría cruzarse sin prestarles ninguna atención.
Referencia histórica: ANPI — L'ultimo scritto di Benito Mussolini.
Continuamos hasta la iglesia de los Santos Donato y Clemente y el Monumento ai Caduti de Germasino, una estructura de piedra que recuerda a los vecinos caídos en las guerras mundiales.
Lo que más me impresionó fueron las fotografías.
No eran simplemente nombres grabados sobre una superficie. Eran rostros. Muchachos muy jóvenes, algunos con apariencia de no tener más de diecisiete años, que miraban a la cámara con sus uniformes. Algunos figuraban como desaparecidos.
También me fijé en aquellos sombreros adornados con una pluma que llevaban varios de ellos, característicos de los Alpini, las tropas de montaña italianas.
Y aquí mi imaginación hizo una de esas asociaciones que aparecen sin pedir permiso: aquellos sombreros me recordaban inevitablemente a Peter Pan.
Lo sé. No es precisamente la comparación que uno espera hacer frente a un monumento militar.
Pero ahí estaba yo, pensando por un instante en Peter Pan mientras contemplaba fotografías de soldados.
La sonrisa mental duró poco.
Al seguir mirando aquellos rostros, resultaba imposible no pensar en lo jóvenes que eran y en todas las vidas que habían quedado interrumpidas. Detrás de cada fotografía había una familia, unos amigos, una historia que probablemente nunca llegó a desarrollarse como estaba previsto.
Había leído muchas veces sobre las guerras mundiales, pero encontrar las imágenes de aquellos muchachos en un pequeño pueblo de montaña me produjo una impresión distinta.
Las cifras hablan de la magnitud de una tragedia. Los rostros te obligan a detenerte en las personas.
Y agradecí que aquel pueblo siguiera conservándolos.

Una bodega y una degustación que casi aparece por sorpresa
Nuestra guía improvisada también nos enseñó la bodega que tienen, donde organizan degustaciones de vino y queso.
Mientras nos enseñaba el pueblo, incluso se dio la vuelta para comprobar si ya estaba todo preparado para una degustación.
Me hizo gracia aquella naturalidad con la que podía pasar de explicarnos la historia local a interesarse por lo que estaba sucediendo en la bodega.
En un momento estábamos hablando de Mussolini, de guerras y de antiguos vecinos del pueblo; al siguiente, el vino y el queso volvían a reclamar su lugar en la conversación.
Supongo que también eso forma parte de viajar: descubrir que la historia y la vida cotidiana conviven sin necesidad de pedir permiso la una a la otra.
La única caca del pueblo tenía que ser para mí
Y cuando parecía que Germasino ya me había ofrecido suficientes historias, llegó mi contribución personal al patrimonio local.
Pisando una enorme caca de animal.
No una cualquiera, además. Era prácticamente la única que había visto en todo el pueblo.
Podría haber caminado por cualquier otra parte, haber colocado el pie unos centímetros más a la derecha o haber prestado un poco más de atención al suelo.
Pero no. De todas las posibilidades disponibles, elegí aquella.
Por suerte, Germasino conservaba un antiguo lavadero comunitario, uno de esos espacios donde antiguamente las mujeres acudían a lavar la ropa y que hoy forman parte de la memoria de muchos pueblos.
Y allí terminé, utilizando aquel pequeño testimonio de la vida cotidiana de otras épocas para limpiar mi zapato.
No sé si era exactamente la finalidad cultural que se esperaba de una visitante, pero a mí me resultó de una utilidad extraordinaria.
Después de conocer la historia del pueblo, sus tradiciones, sus antiguos habitantes y sus monumentos, terminé recordando también Germasino por una caca y un lavadero.
Viajar tiene esa capacidad maravillosa de mezclar lo trascendental con lo absolutamente ridículo.
Valle Albano: ovejas, un gato insistente y un descubrimiento entre castaños
Durante nuestra estancia recorrimos parte del Parco della Valle Albano.
Era otoño y el paisaje parecía sacado de una postal. Los árboles se habían teñido de amarillos, ocres y rojizos, y el suelo estaba cubierto de hojas.
En un momento dado nos encontramos con unas ovejas que parecían haberse apropiado del camino. Y poco después apareció un gato extraordinariamente cariñoso que decidió acompañarnos.
Pero no se conformaba con caminar a nuestro lado.
Cada pocos pasos reclamaba una nueva sesión de caricias. Si dejábamos de prestarle atención, volvía a acercarse con toda la determinación del mundo.
Así que nuestro paseo terminó convertido en una sucesión de paradas para satisfacer las exigencias afectivas de aquel pequeño personaje.
También encontramos un circuito de ejercicios al aire libre, integrado entre los árboles. Aunque nuestra expedición deportiva tuvo un final poco heroico: llegó un momento en el que el camino requería un calzado más adecuado del que llevábamos y decidimos dar media vuelta.
Precisamente una de las cosas que más disfrutaba era no tener la obligación de llegar a ninguna parte.

Mi gran descubrimiento: ¡las castañas tienen erizos!
Pero lo que realmente me sorprendió durante aquel paseo fue algo muchísimo más sencillo.
Las castañas.
Un fruto que había visto, comprado y comido durante toda mi vida. Y, sin embargo, descubrí allí algo que me dejó fascinada.
¡Que las castañas crecen protegidas dentro de una especie de erizo lleno de púas!
Puede parecer una obviedad para cualquiera que haya vivido cerca de un castañar, pero yo nunca las había visto así. Siempre las había conocido limpias, separadas de su envoltura y preparadas para venderse.
Encontrar aquellos erizos entre las hojas, descubrir lo que contenían y recoger algunas castañas directamente del suelo me produjo una ilusión casi infantil.
Y también cierta vergüenza al darme cuenta de hasta qué punto desconocía el origen natural de un alimento tan habitual.
No había envases, etiquetas ni intermediarios. Simplemente estaban allí, como parte de lo que el bosque ofrecía durante aquella estación.
Pensé entonces en cuántas cosas consumimos sin saber realmente de dónde proceden. Sabemos encontrarlas en los supermercados, comparar marcas y precios, pero muchas veces desconocemos cómo crecen o qué aspecto tienen antes de llegar a nuestras manos.
Quién me iba a decir que una simple castaña acabaría dándome tanto que pensar.
Conducir en Italia: una aventura que no figuraba en el itinerario
Mención aparte merece la experiencia de circular por las carreteras italianas.
Mi compañero de viaje, que conoce bien la zona, conducía con la naturalidad de quien ha recorrido aquellos caminos innumerables veces.
Yo, mientras tanto, iba descubriendo que algunos conductores italianos tienen una relación bastante particular con las normas de circulación.
Vehículos circulando pegadísimos al coche de delante, adelantamientos sorprendentes, curvas tomadas con una confianza admirable y líneas continuas cuya función parecía estar abierta a la interpretación personal.
Había momentos en los que me preguntaba si determinadas señales eran realmente obligatorias o simplemente sugerencias decorativas.
Y no ayudaba demasiado encontrar flores junto a algunas carreteras, recordando accidentes ocurridos en aquellos mismos lugares.
También me llamó la atención el uso del claxon. Aunque pronto descubrí que no siempre significaba enfado o impaciencia. En los pueblos también podía utilizarse para saludar a alguien conocido.
Así que una misma bocina podía significar desde «¡apártate!» hasta «¡hola, vecino!». Todo un lenguaje que yo todavía estaba intentando descifrar.
Entre sobresalto y sobresalto, disfrutaba muchísimo de las vistas. Algunos paisajes me recordaban a rincones de Cataluña, a carreteras de la Costa Brava o a zonas del Maresme. Había algo familiar en aquellas montañas y en la forma en que los pueblos se distribuían por el territorio.
Eso sí, reconozco que hubo momentos en los que agradecí enormemente no ser yo quien conducía.
Valle Camonica: descubrir lugares a través de los recuerdos
Nuestro recorrido continuó hacia Valle Camonica, una región especialmente significativa para mi compañero de viaje porque forma parte de su historia familiar y de su infancia.
Y aquello dio al viaje una dimensión diferente.
Ya no se trataba únicamente de conocer lugares nuevos para mí, sino también de descubrir espacios que él conocía desde niño y escuchar sus recuerdos.
Pasamos por la zona de Darfo Boario Terme, donde aprovechamos para visitar a un amigo suyo de la infancia. Muchas de aquellas visitas surgían sobre la marcha, de una conversación o una llamada inesperada.
Me encantaba esa manera de viajar. De repente, un pueblo dejaba de ser un nombre en el mapa para convertirse en un escenario lleno de recuerdos.
Descubrí que hay algo muy bonito en conocer los paisajes que forman parte de la historia de alguien a quien quieres.
Ossimo: La Pergola y el pizzero que necesitaba silencio absoluto
En Ossimo cenamos en La Pergola, una pizzería que me llamó la atención por su enorme variedad de pizzas y unos precios sorprendentemente razonables.
La verdad es que inicialmente no tenía demasiada hambre. Pero entre aquella carta interminable y los precios, terminé convencida de que merecía la pena quedarse.
Lo que no imaginaba era que el verdadero espectáculo llegaría antes de sentarnos.
Mientras esperábamos a que nos asignaran una mesa, estábamos junto a la barra, sin molestar ni obstaculizar el trabajo de nadie. Mi compañero de viaje hablaba por teléfono cuando, de repente, el pizzero nos pidió que nos marcháramos.
¿El motivo?
Al parecer, aquella conversación le desconcentraba mientras preparaba sus platos.
Surrealista.
Después de comprobar la particular interpretación italiana de algunas normas de circulación, descubríamos que también había que extremar las precauciones al hablar por teléfono cerca de una pizza en proceso de elaboración.
No sé si aquel día el cocinero estaba especialmente estresado o si necesitaba silencio absoluto para alcanzar la perfección culinaria. Pero la situación nos dejó bastante sorprendidos.
Mi primera reacción fue pensar que lo mejor era marcharnos. Porque una cosa es esperar a que haya mesa y otra muy distinta que te inviten a irte antes de sentarte.
Pero entonces recordé aquella carta, la variedad de pizzas y los precios.
Y tuve que enfrentarme a una difícil decisión entre mi dignidad y mi estómago.
Y, qué queréis que os diga, me comí el orgullo. Pudo más el hambre.
Al final nos quedamos.
Borno: un pequeño pueblo de montaña que me conquistó
Borno fue uno de esos lugares que me gustaron prácticamente desde el primer momento.
Un pueblo de montaña con personalidad, rodeado de naturaleza y con un ambiente mucho más animado de lo que esperaba.
Por momentos me recordaba a algunas poblaciones del Pirineo, como Benasque, o incluso a una pequeña versión de Andorra.
Me gustaban sus calles, sus comercios y esa mezcla de tranquilidad y actividad que se respiraba en el centro. Descubrimos incluso una tienda de ropa de montaña con precios sorprendentemente buenos.
Y, por supuesto, continuó mi particular investigación gastronómica.
Quesos, embutidos y pequeños comercios
Durante aquellos días probamos diferentes quesos de la región, entre ellos variedades vinculadas a la tradición de Valle Camonica. Uno de los nombres que descubrí fue el queso Camuno.
En un pequeño establecimiento del centro, atendido por un chico joven, disfrutamos de una degustación de quesos acompañados de embutidos.
Era un local sencillo, sin grandes pretensiones. Lo que me gustó fue la experiencia: el chico nos explicaba las particularidades de los productos, sus sabores y algunos detalles sobre su elaboración.
Y aquello me parecía mucho más atractivo que limitarme a comprar algo sin saber qué estaba probando.
Cuando alguien conoce y aprecia lo que vende, consigue transmitir una parte de esa pasión. Entonces un queso deja de ser simplemente un queso y se convierte en el resultado de un territorio, una tradición y una manera de trabajar.
Aunque, después de tantos días de degustaciones, empezaba a sospechar que regresaría a Barcelona con una relación emocional bastante intensa con los productos lácteos.
El placer de desayunar sin mirar el reloj
También disfrutamos de los desayunos.
En una ocasión nos sentamos en una terraza junto a la plaza central de Borno. Me encantó observar el movimiento cotidiano del pueblo mientras tomábamos un café, sin prisas ni horarios.
Entre los cafés intensos, los cruasanes de pistacho y mi descubrimiento de las cápsulas de nocciolino, con aquel delicioso sabor a avellana, estaba empezando a pensar que Italia era peligrosamente compatible con mis gustos.
Y qué curioso resulta que algo tan sencillo como sentarse a desayunar pueda convertirse en un recuerdo especial.
Rock & Blues: mucho ambiente y bastante menos rock del esperado
Otra sorpresa fue descubrir que Borno tenía más ambiente nocturno del que imaginaba.
Una noche terminamos en un local llamado Rock & Blues. Y claro, con semejante nombre, una espera encontrarse con guitarras, clásicos del rock o alguna canción que justifique el cartel.
Pues bien.
La banda sonora tenía bastante más que ver con las canciones románticas italianas, en una línea que me recordaba a Tiziano Ferro, que con el rock que yo había imaginado.
El local estaba animado, con gente joven, partidas de dardos, futbolín y un ambiente muy agradable. Además, probamos unas piadinas buenísimas.
Terminamos disfrutando de una noche que jamás habría aparecido en una lista de los diez lugares imprescindibles del norte de Italia, pero que para mí formó parte de lo mejor del viaje.
En busca de bolets: una expedición con escaso éxito micológico
Otra de nuestras pequeñas aventuras fue salir a buscar setas por los bosques de Borno.
La excursión comenzó por la zona de Fonte Pizzoli, donde se encuentra la Panchina Gigante Gialla n.º 110, un enorme banco amarillo situado en plena montaña.
Desde allí se pueden recorrer caminos que se adentran hacia las laderas boscosas del Monte Altissimo.
Comenzamos por un sendero bastante llano, rodeados de árboles y de los maravillosos colores del otoño. En un momento dado tuvimos que cruzar un pequeño riachuelo, pisando las piedras para no mojarnos.
Pero nosotros no habíamos salido simplemente a pasear.
¡Habíamos ido a buscar bolets!
Y digo bolets porque así es como los he llamado siempre en catalán.
Tenía la ilusión de encontrar alguno de los famosos porcini italianos. Y, puestos a soñar, incluso algún rovelló. Porque una puede estar en Italia, pero sus expectativas micológicas siguen siendo profundamente catalanas.
Así que abandonamos la comodidad del sendero y comenzamos a subir por la ladera, adentrándonos entre los árboles y aquella inmensa alfombra de hojas otoñales.
Mirábamos aquí y allá, escudriñando cada rincón del suelo.
¿El resultado?
Ni un solo bolet identificado.
Y digo identificado porque, siendo sincera, tampoco estoy segura de que hubiéramos sabido reconocer un porcino aunque lo hubiéramos tenido delante de nuestras narices.
Quizá pasamos junto a uno magnífico sin enterarnos. Lo de encontrar rovellons ya era probablemente una fantasía bastante optimista.
Volvimos sin bolets, sin porcini y sin rovellons.
Pero con una sonrisa enorme.
Y, sinceramente, me pareció una cosecha estupenda.
Los niños pescando de noche y los recuerdos de otra infancia
Hubo otra escena aparentemente insignificante que también me hizo reflexionar.
Ver a unos niños pescando de noche, con sus linternas frontales, disfrutando de aquella actividad con una naturalidad que me despertó cierta nostalgia.
Me hizo recordar una infancia en la que buena parte de nuestro entretenimiento sucedía fuera de casa. Cuando salir a jugar, explorar e inventar aventuras no requería una pantalla, una aplicación ni una actividad organizada.
No quiero caer en el tópico de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Las nuevas generaciones tienen oportunidades y herramientas que nosotros ni siquiera podíamos imaginar.
Pero sí me pregunto si, entre tantos avances, hemos ido perdiendo parte de aquella libertad espontánea. La de descubrir el entorno por nuestra cuenta, aburrirnos y tener que inventar algo, volver a casa con las zapatillas sucias y alguna historia que contar.
Aquellos niños me recordaron que la aventura no siempre necesita grandes medios. A veces basta con una linterna, un poco de curiosidad y un lugar donde dejar volar la imaginación.
Lo que los pequeños pueblos me hicieron pensar
A medida que avanzaba el viaje, fui sintiendo una fascinación creciente por aquellos pequeños pueblos rurales.
No solamente por su belleza, sino por la manera en que conservaban una relación tan directa con el entorno.
Las montañas no eran simplemente un paisaje bonito que contemplar desde una terraza. Formaban parte de la identidad de sus habitantes. Los bosques, las estaciones, la gastronomía y las tradiciones seguían teniendo un peso importante en la vida cotidiana.
Me llamaba la atención encontrar personas que conocían los productos de su tierra, los frutos del bosque y las recetas tradicionales. También me interesaba esa sensación de pertenencia: los pequeños comercios, las conversaciones entre vecinos, los dialectos locales y las costumbres que todavía conservan su lugar dentro de la comunidad.
Y no pude evitar compararla con nuestras ciudades.
Vivimos rodeados de miles de personas, pero muchas veces apenas conocemos a quienes comparten nuestro edificio. Tenemos innumerables posibilidades de comunicarnos, pero no siempre conseguimos construir relaciones cercanas.
Disponemos de servicios y comodidades extraordinarias, pero seguimos sintiendo que nos falta tiempo.
Y me pregunté si, en nuestro empeño por avanzar, habíamos terminado confundiendo progreso con acumulación.
Más cosas, más objetivos, más obligaciones, más consumo.
Siempre más.
¿Pero más de qué? ¿Y para qué?
No creo que la respuesta sea abandonar las ciudades y trasladarnos todos a pequeños pueblos de montaña. La vida rural también tiene dificultades: falta de oportunidades laborales, despoblación, distancia respecto a determinados servicios e inviernos duros.
Quienes llegamos de visita solamente conocemos una parte de esa realidad.
Pero precisamente por eso creo que merece la pena preservar estos lugares, no como decorados turísticos, sino como comunidades vivas. Lugares donde las nuevas generaciones puedan encontrar oportunidades sin tener que renunciar a sus raíces.
Y esa idea también se extendió a la gastronomía.
Aquella degustación de quesos en Borno, los platos del Crotto del Gufo y las castañas que había encontrado en el bosque me hicieron pensar en nuestra relación con los alimentos.
En la producción industrial, las grandes cadenas de distribución y la cantidad de cosas que consumimos sin conocer su origen.
No pretendo afirmar que todo lo industrial sea malo ni que cualquier producto artesanal sea necesariamente mejor. Pero me pregunto qué hemos sacrificado en nombre de la comodidad, la rapidez y la producción masiva.
Cuántos sabores hemos ido perdiendo. Cuántos pequeños negocios familiares han desaparecido.
Y qué paradójico resulta que consumir productos frescos, locales y de temporada, algo que durante generaciones fue habitual, se haya convertido en determinados entornos urbanos en una elección que requiere tiempo y, a veces, bastante dinero.
Porque tampoco podemos ignorar nuestra realidad. Trabajamos, cumplimos horarios y terminamos recurriendo a aquello que tenemos más cerca o que podemos permitirnos.
No siempre elegimos libremente cómo queremos alimentarnos. Muchas veces elegimos entre las opciones que nuestra forma de vida nos deja disponibles.
Aquellos días me hicieron valorar todavía más los conocimientos que sobreviven en las pequeñas comunidades. No por nostalgia de un pasado idealizado, sino porque hay cosas que merece la pena llevar con nosotros hacia el futuro.
Preservar la identidad de un lugar no significa impedir que cambie. Significa permitirle avanzar sin obligarlo a renunciar a lo que es.
Epílogo: el maravilloso arte de detener el reloj
Y así terminó nuestra pequeña escapada por el norte de Italia.
Con la sensación de haber visto muchísimo y, al mismo tiempo, de que apenas habíamos empezado.
Todavía quedaban lagos por descubrir, pueblos escondidos entre montañas, rincones de Lombardía y esa parte de Suiza que me encantaría conocer en una próxima ocasión.
Pero regresé con algo que no esperaba encontrar: una sensación de libertad que hacía mucho tiempo que no experimentaba de aquella manera.
Porque lo verdaderamente especial de este viaje no fueron solamente los lugares. Fueron las circunstancias.
El hecho de no tener prácticamente nada organizado. De poder cambiar de planes sin sentir que estábamos perdiendo el tiempo. De detenernos cuando algo nos llamaba la atención.
De encontrarnos con amigos, escuchar recuerdos y descubrir lugares que difícilmente habríamos conocido siguiendo una ruta turística convencional.
Y, sobre todo, de disfrutar de la compañía sin estar pendientes de un horario.
Habíamos viajado con un presupuesto ajustado, sin grandes pretensiones y sin la necesidad de demostrar que estábamos aprovechando cada minuto.
Y, paradójicamente, hacía mucho tiempo que no sentía que había aprovechado tanto unos días.
Durante años había asociado el aprovechamiento del tiempo con la productividad. Con hacer cosas, resolver asuntos, cumplir objetivos y llegar a todo.
Y aquella escapada me recordó que el tiempo también se aprovecha cuando aparentemente no hacemos nada, pero disfrutamos de todo.
Cuando contemplamos un paisaje sin pensar en cuánto tardaremos en llegar al siguiente. Cuando una conversación se alarga porque nadie tiene prisa.
O cuando nos reímos de un pizzero que necesita silencio absoluto para trabajar y terminamos comiéndonos el orgullo porque puede más el hambre.
Cuando un gato consigue detener nuestro paseo para exigir caricias. Cuando descubrimos cómo crecen las castañas. O cuando regresamos de un bosque sin encontrar ni un solo bolet, pero con la sensación de haber pasado una tarde maravillosa.
Esos fueron algunos de los momentos que más disfruté. Los que no estaban previstos, los que no costaron prácticamente nada, los que surgieron simplemente porque estábamos allí.
También me llevo el privilegio de haber conocido algunos de los lugares que forman parte de la infancia y de la historia de mi compañero de viaje.
Escuchar sus recuerdos mientras recorríamos aquellos paisajes les daba una dimensión mucho más íntima. Y me hizo comprender que los viajes no siempre consisten en descubrir lugares desconocidos.
A veces también consisten en descubrir una parte de las personas que nos acompañan.
Me encantaría volver. Seguir recorriendo Lombardía, descubrir otros lagos, adentrarnos en nuevos pueblos de montaña y explorar esa parte de Suiza que quedó pendiente.
Pero, sobre todo, quiero volver a viajar de la misma manera.
Sin convertir el descanso en otra obligación que cumplir. Sin sentir que debo verlo todo. Sin confundir la cantidad de lugares visitados con la calidad de la experiencia.
Porque esta escapada me recordó algo que, entre tantas responsabilidades, había ido olvidando:
Que la vida no siempre necesita un plan, un presupuesto elevado ni una meta que alcanzar para regalarnos momentos extraordinarios.
Así que no me despido de estos paisajes con un adiós, sino con un arrivederci.
Porque esto no ha sido más que una primera toma de contacto. Un pequeño preludio de todo lo que todavía nos queda por descubrir.
Y si algo me llevo de esta escapada es el deseo de volver a vivir más momentos así.
Sin correr detrás del tiempo, sino dejando, por fin, que el tiempo camine a nuestro lado

