Anábasis
ANÁBASIS
La Druida que Olvidó el Bosque
"No estaba descubriendo.
Estaba recordando."
No voy a hablar de la caída.
La caída ya ocurrió.
La herida ya fue observada.
La sombra ya fue atravesada.
Los monstruos ya pronunciaron sus nombres.
Todo eso pertenece a otra historia.
A otra etapa.
A otra versión de mí.
Lo que me interesa ahora es otra pregunta.
¿Qué sucede cuando una mujer recuerda quién es?
Porque la verdadera transformación no comenzó cuando descendí.
Comenzó cuando regresé.
Y regresar resulta mucho más difícil que caer.
Porque descender exige valentía.
Pero regresar exige responsabilidad.
Ahora ya no puedo fingir que no escucho la llamada.
Ahora ya no puedo volver a dormir.
Ahora ya no puedo seguir viviendo como si no supiera lo que sé.
Porque una vez que el bosque pronuncia tu nombre, la ignorancia deja de ser una opción.
Y durante años creí que estaba buscando.
Buscando respuestas.
Buscando sentido.
Buscando pertenencia.
Buscando hogar.
Buscándome.
Y ahora comprendo que aquello que perseguía jamás estuvo perdido.
Solo estaba cubierto.
Cubierto por el ruido.
Por las expectativas.
Por las etiquetas.
Por el miedo.
Porque no estaba descubriendo.
Estaba recordando.
Recordando a la niña que observaba más de lo que hablaba.
A la joven universitaria que soñaba con montañas imposibles.
A la mujer que jamás entendió por qué debía elegir entre la sensibilidad y la fuerza.
Entre la intuición y la razón.
Entre el bosque y la civilización.
Entre el fuego y la ternura.
Jamás entendí de géneros.
Jamás entendí de compartimentos.
Jamás entendí por qué el mundo insistía en dividir aquello que para mí siempre fue una totalidad.
Mientras otros observaban diferencias, yo observaba posibilidades.
Mientras otros construían fronteras, yo buscaba puentes.
Y quizá por eso nunca terminé de encajar.
Porque mis raíces tampoco fueron convencionales.
Mi abuelo materno abandonó una vida para adentrarse en otra.
Mi madre rompió estructuras que parecían inamovibles.
Y yo heredé algo más poderoso que una respuesta.
Heredé una pregunta.
La necesidad de cuestionar.
La necesidad de comprender.
La necesidad de avanzar incluso cuando el camino desaparece.
Durante mucho tiempo observé aquellas historias desde la distancia.
Viendo únicamente las heridas.
Las ausencias.
Las consecuencias.
Hasta que la vida me llevó a mis propios cruces de caminos.
Y entonces ocurrió algo inesperado.
Dejé de juzgar.
Porque por primera vez comprendí la dificultad de ser humano.
Comprendí lo difícil que resulta abandonar una piel que ya no te pertenece.
Lo difícil que resulta escuchar una llamada que contradice todo aquello que se espera de ti.
Lo difícil que resulta atravesar la sombra cuando no existen mapas.
Y entonces entendí algo.
Quizá el patrón nunca fue el abandono.
Quizá el patrón siempre fue el coraje.
El impulso de romper.
El impulso de cuestionar.
El impulso de abandonar aquello que deja de ser verdadero.
Mi abuelo lo hizo.
Mi madre lo hizo.
Yo lo hice.
Tres generaciones descendiendo a la sombra.
Tres generaciones atravesando el bosque.
Tres generaciones pagando el precio de elegir.
Pero quizá ahí reside la evolución.
Ellos tuvieron que hacerlo entre silencios.
Entre culpas.
Entre juicios.
Entre secretos.
Yo quiero dejar algo diferente.
Quiero que quienes vienen detrás no tengan que esconderse.
No tengan que elegir entre la verdad y el amor.
No tengan que exiliarse de sí mismos para encontrar su camino.
Quiero dejar raíces.
No cadenas.
Quiero dejar conciencia.
No culpa.
Porque la verdadera herencia jamás fue el sufrimiento.
La verdadera herencia fue la valentía.
Y entonces aparecieron todos los símbolos.
Orfeo.
Eurídice.
Medea.
Atenea.
Artemisa.
Freyja.
Maléfica.
La druida.
La vikinga.
La madre.
La estratega.
La observadora.
Y comprendí que ninguno hablaba realmente de ellos.
Todos hablaban de mí.
Orfeo descendió al inframundo buscando a Eurídice.
Y yo descendí buscando respuestas.
Hasta comprender que Eurídice era mi propia memoria.
La parte olvidada de mí misma que seguía llamándome desde las profundidades.
Medea me enseñó aquello que no quería convertirme.
La mujer que transforma el dolor en destrucción.
Y entonces comprendí que mis hijos jamás serían herederos de mis heridas.
Serían herederos de mi conciencia.
Atenea me recordó la importancia del conocimiento.
Artemisa la necesidad de la libertad.
Freyja la fuerza de integrar amor, guerra, maternidad y transformación.
Y entonces entendí que jamás tuve que elegir entre ellas.
Porque todas habitaban dentro de mí.
Como habitan dentro de mí los cuatro elementos.
La tierra.
El agua.
El fuego.
Y el aire.
La tierra de mis raíces.
El agua de mi sensibilidad.
El fuego de mi rebeldía.
El aire de mi curiosidad.
Durante años creí que debía escoger uno.
Hoy comprendo que soy todos.
Y también llegaron los cuatro jinetes.
Pero no venían a llevarse mi alma.
Venían a llevarse aquello que ya no era yo.
La culpa.
El miedo.
La máscara.
La obediencia.
Los cuatro jinetes cabalgaron el final de una versión de mí misma.
Y dejaron espacio para algo nuevo.
O quizá algo muy antiguo.
La memoria.
Porque jamás fui una bambola.
Jamás fui una presa.
Jamás fui un juguete.
Fui un bosque entero intentando crecer dentro de una maceta.
Y cuando mis raíces volvieron a tocar la tierra, ocurrió algo inesperado.
La vikinga dejó de vivir en guerra.
La estratega encontró propósito.
La druida recordó el bosque.
Y Maléfica se transformó en Élfica.
Las espinas cumplieron su función.
Me protegieron.
Me salvaron.
Pero ya no las necesito para existir.
Porque sobrevivir no es vivir.
Y llegó el momento de elegir otra cosa.
Elegir el cuerpo.
Elegir la montaña.
Elegir la roca.
Elegir el boxeo.
Elegir la escalada.
Elegir la respiración.
Elegir la presencia.
Mens sana in corpore sano.
La única frase que atravesó los siglos y consiguió quedarse.
Porque después de pasar media vida dentro de mi mente, ahora quiero volver a habitar también mi carne.
Ahora quiero caminar aquello que comprendí.
Porque la Anábasis no consiste en entender.
Consiste en encarnar.
Y quizá por eso ya no me preocupa cómo seré recordada.
Porque al final todos parecen despedirse de la misma manera.
"Fue buena persona."
Y aunque no hay nada malo en ello, yo deseo algo más verdadero.
Deseo que quienes me amaron puedan decir:
Fue valiente.
Fue feroz cuando fue necesario.
Fue tierna cuando fue posible.
Fue sincera.
Fue contradictoria.
Fue humana.
Fue fiel a sus luces.
Y también a sus sombras.
No vivió la vida de otros.
Vivió la suya.
Y hasta el último día intentó convertir su espíritu en carne.
Soy Lara Acosta Busquets.
No reniego.
No olvido.
No borro.
Abrazo.
Abrazo mis raíces.
Abrazo mis contradicciones.
Abrazo mi caos interno.
Abrazo mis ansias insaciables por aprender.
Por comprender.
Por saber.
Abrazo a quienes estuvieron.
A quienes se fueron.
A quienes llegaron.
A quienes permanecieron.
Todos fueron personajes imprescindibles de la gran danza del mundo.
Y hay una última verdad.
Mi Valhalla existe.
No está construido con piedra.
Ni con oro.
Ni con gloria.
Está construido con respeto.
Solo aquellos que respeten mi diversidad tendrán abiertas las puertas de mi Valhalla.
Aquellos capaces de convivir con la diferencia sin intentar domesticarla.
Aquellos capaces de sentarse junto al fuego sin querer apagarlo.
Aquellos capaces de caminar el bosque sin arrancar sus raíces.
Porque mi hogar ya no será una fortaleza levantada desde el miedo.
Será un bosque custodiado por la conciencia.
Y quien llegue con honestidad encontrará refugio.
Quien llegue con curiosidad encontrará conversación.
Quien llegue con respeto encontrará tribu.
Y quien llegue exigiendo que renuncie a mi esencia para ser aceptada...
Encontrará las puertas cerradas.
Porque la druida recordó el bosque.
Porque la vikinga dejó la guerra.
Porque la madre comprendió el legado.
Porque la mujer regresó a casa.
Porque yo no fui el punto final.
Fui el punto y coma.
Y ahora el resto de la frase les pertenece a ellos.
A mis hijos.
A quienes vendrán después.
A quienes caminarán con la cabeza alta.

Banda sonora de esta Anábasis
Trøllabundin — Eivør
"Porque el bosque jamás dejó de pronunciar mi nombre. Era yo quien había olvidado cómo escucharlo." -LA.
