Rumbo a Ítaca

20.06.2026


Hice de mi tragedia una comedia

Hoy doy las gracias al universo por estos años de ser Sísifo.

Por empujar la piedra montaña arriba una y otra vez, verla caer y, aun así, encontrar razones para volver a empezar.

Años de poda y siembra.

Años de incendios necesarios.

Años de quema completa de mis campos para que la tierra volviera a ser fértil.

Durante mucho tiempo no entendí por qué me había adentrado en las profundidades del averno. No comprendía por qué el destino me había conducido hacia determinados caminos, determinadas personas y determinadas experiencias.

Grandes mentes se cruzaron en mi camino. Pensé que era casualidad aquello a lo que llamamos destino.

Me adentré en la oscuridad convencida de que estaba buscando respuestas, cuando en realidad estaba buscando algo mucho más importante: a mí misma.

Y seguí.

Aunque doliera.

Aunque quemara.

Aunque cegara.

Aunque durante largos periodos no pudiera distinguir la luz entre tanta sombra.

Aprendí de la soledad.

Aprendí de mi terquedad.

Aprendí de mis excesos.

Y ahora, por primera vez, empiezo a recoger los frutos.

Conecto con mi niña interior.

La que llevaba demasiado tiempo encerrada.

La que cumplía roles que no le pertenecían.

La que vivía desde heridas heredadas y cargaba historias ajenas.

Durante años confundí resistencia con fortaleza.

Confundí dureza con supervivencia.

Confundí vulnerabilidad con debilidad.

Y pagué el precio.

Con cada explicación innecesaria.

Con cada justificación.

Con cada renuncia.

Iba perdiendo identidad.

Iba apagando mi magnetismo.

Iba alejándome de mí.

Hasta que el silencio me devolvió a casa.

Y comprendí algo esencial:

solo creo en mí.

Soy la dueña y señora de mi territorio.

No debo vasallaje a ningún señor feudal.

No me arrodillo ante falsos ídolos.

No entrego mi libertad a cambio de aceptación.

Soy amazona.

Soy vikinga.

Soy mujer.

Y soy madre.

Madre de dos seres extraordinarios que llegaron para recordarme quién era cuando yo misma había olvidado mi nombre.

Una pequeña Eva que muerde el fruto del conocimiento con una curiosidad insaciable.

Y un pequeño Apolo que dispara flechas a mi corazón a diario y me recuerda que el amor más puro no necesita palabras.

En ellos habitan el sol y la luna.

Mi continuidad.

Mi reflejo.

Mi legado.

La prueba de que incluso después del caos pueden nacer cosas hermosas.

Por ellos doy gracias.

Por ellos lucho.

Y por ellos jamás edulcoraré la realidad.

Porque amar no consiste en construir jaulas acolchadas.

Consiste en enseñar a navegar tormentas.

A reconocer monstruos.

Y a descubrir los que uno mismo lleva dentro.

También doy gracias por mi neurodivergencia.

Por una mente incapaz de conformarse con la superficie.

Mis neuronas son un aluvión de Perseidas atravesando el cielo.

Ideas.

Patrones.

Conexiones.

Símbolos.

Preguntas.

Durante años pensé que aquello era un defecto.

Intenté encajar.

Intenté simplificarme.

Intenté reducirme para ocupar menos espacio.

Hasta que comprendí que mi naturaleza nunca fue la de encajar.

Mi naturaleza siempre fue comprender.

Observar.

Conectar.

Explorar.

Ahora anoto cada detalle.

Ya no necesito falsos oráculos de Delfos.

Ya no necesito falsos augurios.

Confío en mi intuición.

Confío en mi experiencia.

Y, sobre todo, confío en mi memoria.

Memoria.

Siempre estuviste ahí.

Incluso cuando intentaron apagarte.

Incluso cuando yo misma dudé de ti.

Tú permaneciste.

Esperando mi regreso.

Ahora camino sobre la luz y no de puntillas.

Me queda mucho por aprender.

Mucho diamante por pulir.

Y espero no dejar jamás de evolucionar.

Sigo teniendo hambre.

Hambre de conocimiento.

Pasión por la vida.

Pasión por el arte.

Pasión por la belleza sibarita de lo simple.

Humanista hasta la médula.

Fascinada por la grandeza y las contradicciones del ser humano.

Vivimos tiempos extraños.

Una época donde el marketing compite con las ideas.

Donde la apariencia eclipsa la profundidad.

Donde el tener desplaza al ser.

Muchos confunden músculo con carácter.

Muchos confunden arrogancia con confianza.

Muchos confunden repetir frases con pensar.

Y demasiados olvidan que la palabra griega krisis significaba oportunidad antes que catástrofe.

Ya no me aterra Kronos.

Ahora abrazo a Kairos.

El instante.

La ocasión.

La posibilidad.

Porque he aprendido que cada caída escondía una enseñanza.

Y que el declive no fue una condena.

Fue una llamada de atención.

Una lección.

Una iniciación.

Sísifo debía continuar.

La piedra debía crecer.

Y yo también.

He aprendido algo más.

El ego es una de las cárceles más elegantes jamás construidas.

Y yo también sucumbí a él.

Por eso no me quedé en el papel de víctima.

Observé.

Experimenté.

Empujé límites.

Hice preguntas incómodas.

Y descubrí algo fascinante:

cuando la presión aumenta, las máscaras caen.

No necesité un apocalipsis para contemplar lo mejor y lo peor del ser humano.

Bastó un poco de miedo.

Un poco de drama.

Un exceso de información.

Y una oportunidad perfecta para observar.

Vi falsos héroes.

Vi encantadores de serpientes.

Vi personas que confundían control con amor.

Dominación con respeto.

Ruido con sabiduría.

Y hoy también les doy las gracias.

Gracias por las heridas.

Gracias por las decepciones.

Gracias por obligarme a descender al inframundo.

Porque ahora comprendo que aquel descenso no fue una condena.

Fue una iniciación.

Me dejé seducir por cantos de sirena.

Fue mi vanidad.

Fue mi extremismo.

Fue mi necesidad de experimentar lo desconocido.

Y sin embargo, aquí estoy.

Regresando a Ítaca.

Regresando a mí.

La Biblia de mi vida no hablará de santos ni de demonios.

Hablará de seres humanos.

Porque aprendí que ni los buenos son tan buenos ni los malos son tan malos.

Aprendí que no se le pueden pedir peras al olmo.

Y que no hay más ciego que el que no quiere ver.

También comprendí que la verdad rara vez se esconde.

Lo que ocurre es que muchas veces resulta incómoda.

Y la comodidad siempre ha tenido más adeptos que la libertad.

Por eso ya no intento despertar a quien desea seguir dormido.

Esa tampoco es mi guerra.

Dios los cría y ellos se juntan.

Y cada cual acaba encontrando su reflejo.

Yo encontré el mío.

Y no siempre me gustó lo que vi.

Pero lo acepté.

Porque ahí empezó la libertad.

Me siento orgullosa de no haber necesitado vender mentiras para reconstruirme.

Orgullosa del hombre con el que compartí dieciocho años de vida.

Porque no sucumbió a la venganza cuando habría sido fácil hacerlo.

Porque su bondad fue siempre más valiosa que cualquier victoria.

Y de aquella unión nacieron las únicas obras verdaderamente inmortales de mi existencia.

Mis hijos.

Mi linaje.

Mi legado.

Un linaje que no pide permiso para existir.

Que no necesita validación.

Que no necesita aplausos.

Que avanza.

Que aprende.

Que cuestiona.

Que vive.

Ahora me encuentro como un niño esperando la noche de Reyes.

Con ilusión.

Con curiosidad.

Con hambre de futuro.

Y con la serenidad de quien ya no necesita controlar cada detalle.

Las hilanderas del destino pueden seguir lanzando rayos.

Pueden seguir enviando tormentas.

Pueden seguir agitando los océanos.

Porque ningún mar en calma convirtió jamás a un marinero en experto.

Muchos años en la mar me enseñaron a sostener el timón.

A leer el viento.

A confiar cuando parecía imposible.

Por eso ya no negocio con las tormentas.

Las atravieso.

Y aprendo.

Y si algo he aprendido es que conviene seguir molestando.

Porque el día que dejas de incomodar es posible que ya te hayan amortajado.

Que ya te hayan domesticado.

Que hayas cambiado la curiosidad por la obediencia.

La búsqueda por el conformismo.

Yo no.

Prefiero seguir haciendo preguntas.

Prefiero seguir equivocándome.

Prefiero seguir explorando.

Porque de la tragedia hice mi comedia.

Y comprendí algo maravilloso:

la inteligencia no necesita exhibirse.

La sabiduría no necesita anunciarse.

La profundidad no necesita hacerse propaganda.

Por eso mi Biblia será mi vendetta.

No contra nadie.

Sino contra la ignorancia.

Contra el miedo.

Contra las cadenas.

Mi voz será la soga del impostor.

Porque toda máscara termina cayendo por su propio peso.

Los cirios de la iglesia se acabaron.

Judas murió.

Y Lara renació.

Brindo por la vida.

Brindo por mis padres por habérmela dado.

Brindo por mis demonios porque aprendí a entrenarlos.

Brindo por Sísifo.

Brindo por Ítaca.

Brindo por el mar.

Brindo por las Perseidas.

Brindo por la memoria.

Y brindo por mí.

Por la mujer que descendió al inframundo creyendo que iba a morir y descubrió que lo único que estaba muriendo era aquello que ya no podía seguir siendo.

Y cuando finalmente llegue el momento de bajar el telón, no quiero que me recuerden por mis victorias ni por mis derrotas.

Quiero que me recuerden por haber vivido.

Por haber amado.

Por haber pensado por mí misma.

Por haber regresado a casa.

Porque el telón siempre cae.

Pero con mi obra será de acero.



"Tengo un demonio en la cabeza, pero esta vez son mis propios tripulantes".  

Como expresa la canción... Al carajo, tú puedes!!! de Los Hijos del Descuido (2026) - Lara Acosta Busquets.

Share